martes, 20 de abril de 2010

Amor ciego

Él mira a través de la ventanilla del auto el edificio lleno de ventanitas resplandecientes, debe pasar la mano por el vidrio porque se empañó otra vez. Sabe que ella está allí adentro, retocándose para el encuentro. Lo extraño es que ése cuadradito del centro no brilla. Debe estar mirándose en el espejo del baño, que tiene mejor luz. Él oye el sonido de un tocadiscos lejano y reproduce el ritmo de la música con sus dedos en el volante. Sigue esperando.

¡Por qué serán tan coquetas las mujeres! Pero esta vez es extraño para él que esa luz no esté encendida. Debe estar hablando por teléfono en el living con alguna amiga, debe estar riéndose a carcajadas, comentando la última película que fue a ver al cine mientras come ese chocolate amargo que tanto le gusta.

Es como él dice: ella está riendo, divirtiéndose, hablando sin parar de la película que recientemente fue a ver al cine. Disfruta además de ese chocolate amargo que tanto le gusta. Pero él sigue mirando con extrañeza que su luz no esté encendida. Debe ser que ahora está, como cada vez que sale, acomodando el jarrón con flores del hall de entrada. Sigue esperando, un poco más impaciente. La música de fondo continúa entreteniendo sus oídos pero esta vez ya no sigue el ritmo con las manos. Una vaquita de San Antonio se posa entre sus dedos. Dicen que traen suerte, que hay que pedirles tres deseos. Pero él ¿para qué la necesita? Todo lo que quiere está ahí nomás, encerrado en la cajita de la que escapan muchas lucecitas perfectamente ordenadas. La deja salir por la ventanilla, seguramente se equivocó de destino.

Ahora por fin siente que ella está cerca, ya llega a sus sentidos su inconfundible perfume. Debe estar bajando las escaleras pero ¡cuánto tarda en salir! Seguramente volvió para buscar una flor y colocarla en su cabello. Ella está cerca como él supone y sostiene una flor entre sus manos... aunque en realidad está doblando en la esquina mientras ríe y charla sin parar. Él solo mira la entrada, siente ese cosquilleo raro de su presencia. Por fin abre la puerta. Pero la imagen está completamente invertida: ella no sale sino que entra. Acompañada por ese algún otro, ríe mientras expande por toda la cuadra su aroma de risa enamorada. ¡Cómo no se había dado cuenta! ¡Él que creyó conocerla tanto! Solo espera que no sea tarde para buscar la diminuta manchita roja sobre el asfalto y, antes de encender el auto para ir a desahogar su pena, pedir los tres deseos que ella le estaba debiendo.

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viernes, 16 de abril de 2010

Estamos invitados a tomar el té

Cuando pienso qué imágenes recuerdo acerca de la merienda en mis ratos de infancia, tres recuerdos se aparecen en mi mente, los tres al mismo tiempo, los tres tienen colores, olores, significados diferentes, pero no puedo elegir uno solo. Es curioso que el primero de ellos sea el que está más lejos en el tiempo. En las vacaciones de verano no faltaban nunca las visitas a los abuelos. A veces ayudaba a la abuela en el negocio, otras me sentaba a repicar en el laboratorio con el abuelo, pero en realidad la mayor parte del tiempo lo pasaba en la casa acompañando a mi bisabuela, mi nonna Cristina. Ella, a las cinco de la tarde, ponía a calentar el agua para hacer mate. No podía hervir porque eso significaba que había que calentarla de nuevo. Más de una vez me dejó a mí a cargo de esta tarea pero finalmente desistió porque yo no entendía, y aún no entiendo, cuál es la diferencia entre agua caliente no hervida, y agua hervida con un poquito de agua fría. Unos minutos más tarde, me asomaba a la ventana: papá venía caminando desde el cultivo y se escuchaba el ruido de las llaves del abuelo cada vez más cerca. Los cuatro nos sentábamos a tomar mate en los sillones de madera de la galería mirando el jardín. Las chicharras sonaban, el calor obligaba a la nonna a usar sus abanicos, los tres grandes hablaban cosas de adultos (probablemente papá y el abuelo de trabajo o el abuelo comentaba lo “espectacular” que estaba alguna planta del jardín) y yo no me aburría. No sé por qué me gustaba estar ahí, pero no me aburría. Quizás porque nadie me obligaba a tomar la chocolatada que tanto odié y odio. Quizás porque no tenía que compartir las galletitas más ricas con alguno de mis hermanos o primos. Después de eso, el abuelo volvía al laboratorio y papá me hacía preparar las cosas para irnos. La nonna me despedía con un ”Adiós, Merceditas” y algunos de esos caramelos de menta rellenos con chocolate. Y era nada más que eso, media hora o quince minutos.
En el invierno las meriendas tenían olor a la leña de hogar o salamandra entremezclado con el del pan tostado. Algunas veces el sol casi completamente escondido avisaba que era hora de dejar de jugar afuera para descongelarse un poco las manos. Otras veces, cuando había mucha tarea, escuchar el tintinear de las cucharas en los vasos o tazas era razón suficiente para dejar todo para el día siguiente. Por lo general, mamá realizaba la fastidiosa tarea de corregir pruebas sentada en la mesa del comedor mientras nos tomaba las tablas, repasábamos las tareas o hablábamos de algo. Era común que me asombrara cuando ponía una nota menor a cuatro (“es una de esas seños brujas”, pensaba para mí). Había peleas cuando la tele estaba encendida: si ganaba Tomás veíamos a los gritones de Dragon Ball o los fastidiositos de Pokemón, si ganaba yo, veíamos Chiquititas o Pulgas en el 7. Si nos poníamos de acuerdo, quedaba Tom & Jerry o la Pantera Rosa, y si no, se terminaba la discusión a la fuerza con un “o se ponen de acuerdo o no la ven ninguno de los dos”. La apagaba y se prendía la radio con algún cassette con canciones de María Elena Walsh, Daniela o Cuentopos. De esa época quedaron las infaltables e intocables vainillas con chocolatada de Tomás y las chocolinas con mucho dulce de leche.
Pero casi sin dudarlo puedo decir que las meriendas más divertidas fueron las del verano. Nos pasábamos toda la tarde en la pileta con los primos. Tarde de Marco Polo, competencia de buscar añillos buceando, haciendo verticales en el agua. “El agua trae hambre” dicen las abuelas y las madres. Es por eso que llegaba un momento en que la tía Fabita apoyaba el sudoku o la novela que estaba leyendo en el pasto, mamá dejaba las agujas y el hilo a un costado: presentían que se venía la avalancha. Eran catorce manitos arrugadas comiendo o devorando alguna rosca de reyes, algún biscochuelo o masitas de la abuela, algunas cuantas galletitas dulces. Los varones hacían un par de payasadas y chistes, mamá sacaba alguna foto, la tía nos hacía galletitas con mermelada casera que por lo general me comía yo porque me encantan (gracias a eso me gané ser la primera candidata en probar y recibir un frasco de mermelada de zarza mora cada verano). Las toallas enchastradas con dulce de leche eran signo de que habíamos terminado. Si hacía mucho calor, volvíamos a “la pile”. Sino, nos dispersábamos en grupos: ellos jugaban a la pelota, nosotras nos desenredábamos el pelo y sacábamos los disfraces de baúl.

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viernes, 9 de abril de 2010

El que busca, encuentra (?)

Madre (con cara de enojada) e hija con sonrisa de lata se dirigen hacia la parada del colectivo del Hospital Naval. La nena sonreiría mas si los metales que sujetan sus dientes se lo permitiesen. Hace preguntas de manera simpática pero el mal humor de la madre domina la escena.
Ya una vez en la fila del colectivo se escucha que conversan:

- No sé, no sé en qué momento te voy a comprar eso ahora - dice la mamá como si pensara en voz alta.

- Ma, ¿qué colectivo nos tenemos que tomar? - pregunta la hija con un tono dulzón de yo no hice nada.

- El 112, Camila. Sí, el 112 porque así nos bajamos en Álvarez Thomas y te compro eso en una farmacia que está ahí en la esquina... - continúa la mamá como pensando en voz alta.

- Ay, espero que no tarde mucho porque sino me aburro demasiado y no quiero - comenta la niña como si estuviera participando de una conversación diferente (o evadiendo un reto que se veía venir) mientras mira detenida y exageradamente los carteles que la rodean.

- ... nos bajamos en la farmacia - sigue la madre con oídos sordos y subiendo el tono- , te compro la caja de los aparatos, te la colgás del cuello y no lo perdés más, porque yo no te voy a estar comprando una cada vez que se te ocurra perderla.- y ahí llegamos al punto de la cuestión, al pensar en voz alta, al subir el tono.

- Bueno ma, la busqué por todos lados y no la encontré.

- Porque buscás mal, Camila. ¡Buscás mal! (en negrita porque está dicho en ese tono que se imaginan)

- Bueno, entonces vos también buscás mal porque revolviste todo mi cuarto buscando y no la encontraste - retrucó de manera perspicás Camila.

Obviamente que ante esa respuesta no hubo amedrentamiento, ni segundos de duda, ni signos de una madre descolocada pero para su desgracia no pudo encontrar esos argumentos que le hubieran gustado para el retruque. Siguió lo típico:

- Es que tenés todo hecho un despiole, no se puede encontrar nada si vos no guardás las cosas en su lugar... - y así continuó, nada muy original, cosas que las madres dicen cuando están enojadas.

Qué va a ser, ¡son terribles... estas madres!

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jueves, 1 de abril de 2010

¿Tanto lío por eso?

El ruido a portazo feroz se metió por un momento en su sueño pero inmediatamente se dio cuenta de que se trataba otra vez de lo mismo. Los gritos graves y las contestaciones en llanto agudo eran la señal: debía esconderse debajo de la cama. Ella no lo estaba viendo, de hecho nunca lo habían hablado, pero sabía que lo hacía y no esperaba mucho menos de su hijo. Él esperaba impaciente que la serenata de insultos terminara para que alguno de sus sueños continuaran su curso en el lugar donde generalmente se crean y no debajo. Desde hacía algunos meses se había hecho más frecuente la visita nocturna al escondite. Fue por eso que para esa época había mejorado su estrategia: no solo se resguardaba en la oscuridad de la cama sino que la tendía cuidadosa y, a la vez, rápidamente para aparentar que no había dormido en casa.

Esa noche, entonces, no fue la excepción: abrió los ojos en vano, tendió la cama a ciegas, se tiró de panza al suelo y se deslizó hacia una oscuridad más acogedora. El olor a tierra lo hizo sentir resguardado. El piso estaba frío y recordó la caída de la bici cuando una puntada en su rodilla derecha le hizo exclamar un grito mudo. Por supuesto que no pudo volver a conciliar el sueño. Con los puños cerrados debajo de la pera, trataba de imaginar qué sería de la vida sin su cama. La luz del pasillo se encendió y él se corrió hacia donde empezaba de nuevo el cono de sombra. Su corazón comenzó a latir más fuerte, lo intranquilizaba, ahora sí, el olor a desconocido: ella nunca lo había dejado pasar al pasillo ¿Cómo podía ser si ella siempre tenía todo bajo control? Encontraría la solución para que no pase a mayores, de eso estaba seguro.

Pero quizás esta vez algunas cosas cambiarían. Unos pasos largos y fuertes comenzaron a retumbar cada vez más en sus oídos. Los gritos ahora lo llamaban con la intención de despertarlo. Ella, integrante de ese código secreto, contestó entre llantos y gritos desesperados que no estaba durmiendo en casa. Fue ese el momento en el que él se dio cuenta de que, en realidad, esta vez no tenía un plan. La luz del cuarto se encendió. Los latidos de su corazón lo aturdían tanto como los pasos. Dos pies con zapatos algo descuidados se asomaron a la puerta. Él se corrió un poco más para que el nuevo cono de luz no lo destapase. Esos zapatos acompañados de un par de botamangas deshilachadas y embarradas no podían significar otra cosa que un hombre desagradable. Poco sabía de él porque ni siquiera se había dignado a dar la cara. Alguna vez escuchó decir a uno de sus compañeros de colegio que trabajaba haciendo changas en obras pero siempre lo echaban porque era “jugador”. A él le daba lo mismo fuera lo que fuera, poco sabía lo que era ser jugador ¿de qué? ¿de básquet, de fútbol, de tejo? Y con el tiempo se dio cuenta de que no le interesaba. Su mamá lo había conocido jugando al bowling, uno de los pocos pasatiempos que ella conservaba desde lo que había sucedido con su padre. Parece que jugador de bowling no era porque era la primera vez que pisaba una de esas pistas. Ella nunca le habló del tema, por lo menos durante los primeros meses, las fugaces sonrisas en el rostro indicaban que algo podía estar bien pero después empezaron las escandalosas visitas nocturnas. Al otro día, a veces faltaba algo, otras veces quedaba todo revuelto, tirado.

La cuestión es que esos zapatos mugrientos habían llegado a su cuarto. Estaban parados allí, inmóviles, como inspeccionando cada rincón del lugar, descubriendo que era como ella decía: allí no respiraba ni una mosca. Al instante, otros dos pies descalzos aparecieron en la escena. Y los gritos comenzaron de nuevo.

Es común que moleste presenciar una pelea ajena, a pesar de eso, a veces es inevitable tratar de escuchar todo con detalle aunque no se quiera oír. A él nunca le había pasado eso, quizás solo al principio. Ya se había acostumbrado a poner los reclamos, los gritos, los insultos, los pedidos desconsolados como música de fondo. Tampoco le interesaban. Allí abajo, entre la mugre que ni siquiera era digna porque estaba escondida, arrumbada, olvidada, él añoraba cada momento en compañía de su padre. Por esos tiempos, la cama solo servía para dormir o, lo que era más interesante, para escuchar las mejores historias o jugar a la guerra de cosquillas. Alguna que otra vez creyó en el fantasma que habitaba debajo de ella pero él con sus juegos de campamentos y linternas había hecho salir corriendo a cada uno de los miedos que vivían allí. Ahora no había tiempo para esas cosas. Los portazos a media noche eran cada vez más frecuentes, por lo menos sentía que ese era el momento reservado para que aparezcan en su mente cosas que durante el día le producía tristeza recordar. Con una visita desagradable siempre llegaba ese buen regalo de anécdotas.

Pero esta vez los gritos estaban muy cerca. No soportaba más su llanto lleno de pedidos desconsolados. Y las palabras comenzaron a llegar más claras a sus oídos. Al principio, era como mirar una película empezada. Los zapatos desgarbados se acercaban de una manera amenazante a los ya sucios pies descalzos. Llegaron a estar dedo gordo contra dedo gordo en puntas de pie hasta que el piso comenzó a transformarse, tal como lo había hecho el resto de la casa, en un cementerio de su ropa y sus juguetes. Los pies descalzos suplicaban con pasos cortos y desesperados que no buscara más, que no le iba a dar nada. Pero los pasos largos y atolondrados seguían arrasando con cada cosa que se encontraba en el camino.

De alguna manera, la guerra de idas y vueltas por el cuarto comenzó a tener su fin: las botamangas desgastadas dejaron de bailotear sin rumbo por el espacio y se quedaron como inmóviles en dirección a un solo lugar. No podía verlo, pero sabía que allá arriba su cabeza estaba admirando el último estante. Los pies ya negros del combate, sospecharon la jugada de su contrincante y e intentaron cambiar su blanco. Esta vez no dieron abasto, se volvieron frágiles y de un empujón se transformaron en su mamá de cuerpo entero. Los ojos de “no lo voy a hacer más”, como queriendo pedir disculpas más que silenciosas, mantuvieron la mirada en sus pequeños ojos por un largo rato. Los pies del hombre desagradable desaparecieron arriba de una silla por un instante para luego de un salto volver a aparecer en suelo firme. Ahora sus pasos caminaban hacia la puerta saboreando la victoria, dejando caer de esas manos atolondradas una rueda del autito de ese autito rojo de colección de su papá.

Por fin pudo entenderlo todo. Había comprobado que el juego por el que lo echaban del trabajo eran los autitos. ¿Pero tanto lío por eso? Con un solo mágico “por favor” él se lo hubiera prestado y hasta se hubieran entretenido por un largo rato.

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