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Ideas en busca de un rayo de luz

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"La inquietud que producen esos recuerdos – o ese tema, ese germen de la historia que regresa- se debe a que misteriosamente significa algo más, de que es algo así como un brote cuya raíz nace en nuestras sensaciones, nuestra imaginación, en experiencias pasadas, para establecer con nosotros una conexión especial y misteriosa." Gloria Pampillo Alguna vez alguien lo plantó al lado de una ventana. Seguramente el techo inoportuno de alguna galería fue lo que hizo que se distinguiera entre todos los demás. Sin embargo, eso no lo imposibilitó a la hora de cumplir su principal objetivo: vivir. Al parecer el agua nunca le faltó, sin embargo, en todo momento tuvo sed de lluvia y de otras cosas más. El problema siempre fue el mismo y es que los hilos de luz provenían de un solo lado. Ya hace muchos años que la primera de sus pequeñas ramas decidió seguir esos rayos y se animó a pasar la frontera. Enseguida las demás la siguieron y juntas comenzaron a hacerse dueñas de la ventana...

Siesta inoportuna

Cuando el bullicio y los cuchicheos comenzaron a convertirse en carcajadas, cuando sintió las miradas clavadas en su cabeza y escuchó lejos, pero cada vez más cerca y claro su apellido, despertó sobresaltado. Al levantar la cabeza advirtió que detrás de ese barullo producido por las risas, el dinosaurio quieto, serio lo acechaba manifestando su disgusto mediante sus ojos intensos, sus cejas enojadas y sin decir una palabra. Luego de una angustiante breve pausa, atacó con su pregunta y a pesar de que él nuevamente no contestaba, ella todavía seguía allí, como siempre, con sus arrugas verdes, su voz chillona repercutida por las clases, su implacable letra de cuaderno de caligrafía, llevando en su espalda con mucha dignidad algunas burlas. Todavía estaba allí contando historias de la Historia, mientras él, todo colorado, miraba su reloj e intentaba que los minutos pasaran rápido para que alguna campana lo salvara.

Sólo la historia de un enredo

Mientras recita su canción favorita, salta la cuerda una y otra vez por el caminito que la lleva hacia la puerta. Cada mechón del pelo lacio y largo hasta la cintura salta al compás de sus melodías y se alborotan al sentir las ráfagas de viento seco que viene del norte. Por fin sus pies la llevan a la casa y apenas entra ve la nota. "Buscá el vestido que tanto te gusta, desenredate el pelo y peinate con una trenza cocida. Vamos a lo de la tía, yo salí a buscar a la abuela, enseguida te paso a buscar. Mami". Repasa en cada paso sus tres deberes "vestido, desenredarse y trenza, vestido, desenredarse y trenza". El vestido es cosa muy sencilla, sin darse cuenta, está dando volteretas con su cuerpo y hace remolinos de viento que acarician el aire con su pelo, sí, al parecer, algo enredado. Toma y mira el peine verde un poco desganada ¿por qué para ir a lo de la tía Rosa tenía que desenredarse el pelo, si así estaba perfecto? En fin, tiene que seguir el segundo co...

Tormenta de ideas

Hubo un instante durante esa tarde lluviosa de otoño en el cual la idea pudo estirar las patas en ese escenario gris y desfilar su piloto fluo, reluciente, impactante, reconfortante. Pero el viaje fue largo y cuando la tarde se convirtió en noche ella se transformó de mi idea más brillante al mayor de mis problemas. De un momento a otro, así como apareció, pudo rápidamente escabullirse entre el tumulto de camperas mojadas. Mi mayor incertidumbre era no saber si se había quedado ahí escondida, en el escenario sobre ruedas, repleto de cansancios, vacío de esperanzas aparentes e inundado de una contaminación sonora que me impedía pensar en algo que no fuera ese repertorio de melodías pegadizas, o si simplemente se había ido volando aterrada por el contraste de la situación. Esta era la foto: ella fugada, y yo allí, encerrada queriendo salir a pegar carteles de “se busca: se ofrece recompensa”, apenada por su partida. Otra vez me pasaba lo mismo: allá arriba estaba segura de que existía un...

Costumbres de colectiveros*

Fans Un admirador espera y espera una mañana fría en una esquina al colectivero. Sabe que pasará como todos los días a la misma hora. Con el correr de los minutos van llegando más admiradores y se acomodan de manera ordenada, aunque algunas a veces no tanto, uno detrás del otro. Todos asoman la cabeza ansiando la llegada del colectivero. El primer admirador tiene en sus manos unas monedas y unas carpetas; el segundo tiene las monedas en el bolsillo y en las manos los guantes (o los guantes en las manos); el tercero, las manos en los bolsillos y las monedas en el monedero. El primero asoma la cabeza y allí viene el colectivero. Al admirador le late el corazón fuerte de alegría y emoción, le sudan las manos de nervios y las monedas parecen resbalarse. ―  ¡Hoy sí llego temprano al trabajo! –exclama por dentro mientras levanta su mano con gran entusiasmo para que el colectivero note que él está allí como todas las mañanas, esperándolo. Pero la ilusión del admirador se desvanece: el col...

El que busca, ¿encuentra?

Madre (con cara de enojada) e hija con sonrisa de lata se dirigen hacia la parada del colectivo del Hospital Naval. La nena sonreiría mas si los metales que sujetan sus dientes se lo permitiesen. Hace preguntas de manera simpática, pero el mal humor de la madre domina la escena.  Ya una vez en la fila del colectivo se escucha que conversan: ―  No sé. No sé en qué momento te voy a comprar eso ahora - dice la mamá como si pensara en voz alta. ―  Ma,  ¿qué colectivo nos tenemos que tomar? - pregunta la hija con un tono dulzón de yo no hice nada. ―  El 112, Camila . Sí, el 112 porque así nos bajamos en Álvarez Thomas y te compro eso en una farmacia que está ahí en la esquina - continúa la mamá como pensando en voz alta. ―  Ay, espero que no tarde mucho porque sino me aburro demasiado y no quiero - comenta la niña como si estuviera participando de una conversación diferente (o evadiendo un reto que se veía venir) mientras mira detenida y exageradamente los...

¿Tanto lío por eso?

El ruido a portazo feroz se metió por un momento en su sueño, pero inmediatamente se dio cuenta de que se trataba otra vez de lo mismo. Los gritos graves y las contestaciones en llanto agudo eran la señal: debía esconderse debajo de la cama. Ella no lo estaba viendo, de hecho nunca lo habían hablado, pero sabía que lo hacía y no esperaba mucho menos de su hijo. Él esperaba impaciente que la serenata de insultos terminara para que alguno de sus sueños continuaran su curso en el lugar donde generalmente se crean y no debajo. Desde hacía algunos meses se había hecho más frecuente la visita nocturna al escondite. Fue por eso que para esa época había mejorado su estrategia: no solo se resguardaba en la oscuridad de la cama sino que la tendía cuidadosa y, a la vez, rápidamente para aparentar que no estaba durmiendo en casa. Esa noche, entonces, no fue la excepción: abrió los ojos en vano, tendió la cama a ciegas, se tiró de panza al suelo y se deslizó hacia una oscuridad más acogedora. El o...