sábado, 11 de septiembre de 2010

Siesta inoportuna

Cuando el bullicio y los cuchicheos comenzaron a convertirse en carcajadas, cuando sintió las miradas clavadas en su cabeza y escuchó lejos, pero cada vez más cerca y claro su apellido, despertó sobresaltado. Al levantar la cabeza advirtió que detrás de ese barullo producido por las risas, el dinosaurio quieto, serio lo acechaba manifestando su disgusto mediante sus ojos intensos, sus cejas enojadas y sin decir una palabra. Luego de una angustiante breve pausa, atacó con su pregunta y a pesar de que él nuevamente no contestaba, ella todavía seguía allí, como siempre, con sus arrugas verdes, su voz chillona repercutida por las clases, su implacable letra de cuaderno de caligrafía, llevando en su espalda con mucha dignidad algunas burlas. Todavía estaba allí contando historias de la Historia, mientras él, todo colorado, miraba su reloj e intentaba que los minutos pasaran rápido para que alguna campana lo salvara.

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