martes, 25 de octubre de 2011

Shit happens


Shit happens y por eso estoy triste, enojada y no sé cómo manejarlo. Enojada porque odio estar triste. Triste porque no puedo dejar de estar enojada. Enojada porque no lo puedo manejar. Y no lo puedo manejar simplemente porque estoy triste.
 

Quiero hacer como Forrest, que un día estaba tan triste o con un sentimiento de no sé qué tan grande que decidió empezar a correr. Dejó de vivir su vida y sólo corrió sin ninguna razón en particular de un lugar a otro, con el simple objetivo de llegar hasta ahí, después hasta allá y después hasta donde sea. Al principio Forrest me desilusionó ¿Por qué dejó de ponerle garra a la vida y se escapó? Pero ahora entendí que, en realidad, no estaba huyendo sino que estaba viviendo. Correrse de la línea planificada a veces es seguir remando pero de una manera diferente. Forrest se apartó de su linda casa por mucho tiempo pero siempre corrió para adelante. Correrse también es avanzar. 


Shit happens y por eso estoy triste, enojada y no sé cómo manejarlo. Espero tener el coraje de hacer como Forrest para un día simplemente empezar a correr. Sin destino pero con el simple objetivo de que, en algún momento del recorrido, un charco inunde mi cara con barro y de eso surja un Smile. Estoy muy lejos. Ojalá consiga cruzar el portal de la galería de casa para así poder empezar el largo camino hacia la nada... para poder empezar a vivir.



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viernes, 12 de agosto de 2011

Me mandé un moco

Mi tío Diego es de esos tíos que viven lejos pero que cada vez que venía de vista era divertido. A veces nos traía un regalo novedoso u original que nos dejaba sorprendidos o se convertían en nuestra ropa favorita por un largo tiempo: la calculadora de goma, las estrellitas fluorescentes para el techo del cuarto, el collar tipo africano con miles de mostacillas o el chicle que hacía un globo gigante como una pelota. Sin dudas para mí, el mejor fue la remera violeta con huellas de dinosaurios que brillaban en la oscuridad y que le regaló a mi hermano Tomás, siempre se la envidié. Es también el tío de la moto, al que le gustaba pasar por el medio de los charcos a toda velocidad. Es el tío con el súper lente en la cámara, el que nos sigue sacando fotos de bien cerca y se pone loco cuando salen los ojos rojos. Estuvo soltero hasta que tuve unos siete u ocho años y eso favorecía a que cuando nos visitaba éramos el centro de atención. El tema es que también es el tío jodón y que es monotemático por épocas. Cuando teníamos diez contaba una historia de que a esa edad el salía con María Silvia Díaz, que le hacía la tarea o algo así. A los 11 ponía sus manos juntas y nos hacía romper la manzanita o se la pasaba diciendo ATC, Show fantástico. A nuestros doce nos hacía tirar de su dedo índice y se tiraba un pedo. Más o menos desde los trece o catorce a la actualidad su primera pregunta cuando nos ve es ¿cómo marcha ese noviazgo? (y sigue con la historia de María Silvia Díaz).

Las risas se podían volver un problema si yo consideraba como ciertas muchas cosas que él decía. Y sí, de muy pequeña las creía como verdades absolutas. Cuando tenía unos cinco años seguramente me engancharon ingiriendo uno de mis pequeños mocos. Entonces Diego comenzó a contarme sin parar una de sus historias y la repitió tantas veces que le creí. El decía que cuando tenía mucha cantidad de mocos en su nariz los guardaba en el freezer por las dudas que se le terminen y a veces, cuando hurgaba en su nariz y no tenía nada, iba a buscar uno para comérselo. Yo al principio no le creía, ¿qué era eso de que un señor grande guardara sus mocos en el freezer?. Pero él seguía: Fuaa no sabés ayer el moco que me saqué, era tan grande que lo congelé porque no me lo podía comer en ese momento. De ese estilo eran sus anécdotas acerca de guardar mocos en el congelador como si fueran un pollo, una salsa, una milanesa o una hamburguesa. Tanto insistió que un día quise intentarlo. Tenía alrededor de unos seis años, creo, y a esa edad no tenía permitido abrir la heladera sola. Por eso esperé a que el campo estuviera despejado (me lo acuerdo patente): mamá dormía la siesta o estaba afuera, acerqué una silla a la heladera, me subí, abrí la puerta del freezer, me saqué un par de mocos y arrastré los dedos en el zócalo interno del estante de la puerta, para que los mocos quedaran impregnados ahí. Bajé la cabeza, cerré la puerta, corrí la silla a su lugar y acá no pasó nada.

¿Qué gusto tendrá el moco congelado?, me preguntaba a veces cuando miraba la heladera. Pero cada vez que quería averiguarlo estaba acompañada y nadie podía enterarse de lo que había hecho. A veces mi tío volvía con esa historia de sus mocos y yo me hacía la desentendida: ay tío, ya estoy grande para comerme los mocos ¿Qué decís? Qué asqueroso. Pero la duda me quedaba. La cuestión fue que a los meses mamá me dijo que la ayudara a poner las cosas sobre la mesada mientras ella descongelaba el freezer. ¡No! - pensé - estoy frita, se va a dar cuenta que están mis mocos ahí. Mientras ella iba sacando la comida y me la pasaba, yo por dentro temblaba. ¿Qué le voy a decir? "El tío me dijo que él lo hace y le funciona". ¡No! Es una asquerosidad, yo ya estoy grande para estas cosas. El freezer se fue vaciando y mamá no decía nada. Ya estaba todo limpio y mamá seguía sin darse cuenta. ¡Qué raro! - pensaba yo - bueno será que alguien los vio ahí, se tentó y se los comió. Con los años me di cuenta de que esa conjetura era imposible. Imagínense dos moquitos de una nena de seis años adentro de un freezer lleno de comida, una aguja en un pajar, eso fue lo que pasó. Yo tampoco los hubiera encontrado en caso de haberlos buscado. En fin, me preocupé al divino botón pero me quedé con la intriga de conocer el gusto a moco congelado ¿Habrá que descongelarlo antes de comerlo? Preguntémosle a mi tío Diego, quizás todas sus historias eran ciertas y los grandes siguen comiéndose los mocos, pero de manera organizada.

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martes, 19 de julio de 2011

Lunes otra vez: Volver a pesar de la lluvia

"El libro Las excusas del poeta (jamás publicado y mucho menos concebido) 
dice que las personas que escriben pierden una parte de ellos que se va en la hoja. 
Cuando alguien lo recibe y lo lee, se adueña de ese retazo prestado."
Nicolás Pisano - Las excusas del poeta I (La Caja) 
en "23 canciones y 5 poemas"



Ayer fue un "lunes otra vez" lluvioso. No paró en todo el día. Calló esa lluvia constante que pega sobre las tejas y se convierte en una música ambiente agradable (si estás en casa, tapada hasta la nariz y durmiendo la siesta). Sí, fue un lunes sin rutina con siesta prolongada escuchando la lluvia tapada hasta la nariz. Me hizo acordar a cuando era más chica, cuando me encantaban los días de lluvia. A nadie le gustaban, sin embargo, me acuerdo que con mi amiga de la primaria esos días estábamos contentas. Planeábamos en las charlas de recreo llegar a nuestras respectivas casas, cambiarnos el frío uniforme por una ropa más cómoda, almorzar algo y después disfrutar una larga tarde de siesta. Éramos unas "locas totales". A nosotras no nos surgía la emocionante idea de calzarnos las botas para ir a chapotear en los charcos, sin embargo, nos introducíamos en la lindísima experiencia de despertarse cada tanto, abrir un solo ojo, escuchar las gotas que caían sobre las tejas y al instante pensar "sigue lloviendo, mejor sigo un ratito más". Y así se pasaba la tarde. Con el tiempo dejaron de gustarme estos días. Quizás fue porque se terminó el ritual de la planificarlos y comenzaron a llegar las obligaciones que no me permitían dedicarle toda una tarde a dormir sin parar. Había que salir y mojarse, embarrarse y anhelar la siesta.  

Ayer esas obligaciones no existieron y por eso decidí disfrutar el día de lluvia como antes. Lo planifiqué, me puse la ropa cómoda, me desperté las veces que fueron necesarias despegando un solo ojo y pensé algunas veces "sigue lloviendo, mejor sigo un ratito más". En un momento se me ocurrió sacarme la modorra escribiendo algo lindo. Pero no quería salir de la cama, tampoco sentarme adelante de la compu a tipear. Hubo un día en el que escribir se volvió una de esas actividades que, para hacerlas, me tengo que preparar mentalmente el día anterior (como ir al dentista o a sacarme sangre). Todavía no estaba preparada. Y así se pasó toda la tarde.

Hoy ya es martes, el día sigue horrible, sin embargo, ya no se escuchan las gotas sobre las tejas. Quiero salir de la cama pero me cuesta. Busco una excusa como un dolor de garganta o un "hace frío" para quedarme unos cuantos minutos más haciendo fiaca. A las 11 suena el celular: " 'Tat' te ha enviado un mensaje": ¡¡¡Amiga, aprobé!!!! - dice mi amiga de la facu. Se me hace una sonrisa en la cara. Pudo aprobar una de esas materias largas y difíciles. Una materia que habíamos cursado hacía bastante tiempo y que a causa de una serie de eventos desafortunados no había conseguido presentarse a dar el examen durante las fechas transcurridas en dos largos años. Aprobó y no de casualidad: su gran esfuerzo valió la pena. Eso me pone contenta, creo que voy a vencer al frío y voy a salir de la cama. Pero mejor me quedo un ratito más y nuevamente me tapo. 

El sueño no vuelve a mí así que me pongo a pensar hasta que me acuerdo que ayer a la noche una publicación en el muro de Facebook anunciaba que Maga, mi amiga-compañera de banco de la secundaria, había sido mamá. Otra vez la sonrisa en la cara. Dos días antes la había visto a ella, a su gran panza y a su familia felices con la inminente llegada de Bruno. Eso también me pone contenta, al fin logro vencer el frío y me siento en la cama. 

Cuando giro la cabeza hacia el escritorio veo la pila de libros pendientes para leer en vacaciones que me siguen esperando. Arriba de todo hay uno rojo que, en realidad, no sé qué hace ahí porque ya lo terminé de leer hace algunos días. Creo que es porque quería releer algunas líneas y surge la tercer sonrisa de la mañana en mi cara. El autor del libro es Nico, un joven amigo. Joven porque con solo 22 años editó su primer libro con esa garra y pasión que lo caracteriza. Joven porque nuestra amistad también lo es aunque ya algunas cuantas risas y anécdotas seguramente nos unan con una amistad duradera. Emprender el viaje al que me invitó en su dedicatoria unas semanas atrás es otra de las cosas que me puso contenta. El recuerdo de tres alegrías bastante ajenas que se convirtieron un poco mías son el empujón que necesitaba para poder estar de pie.

Hoy ya es martes y el día sigue horrible, sin embargo ya no se escuchan las gotas caer sobre las tejas. Ya estoy de pie y no me dan ganas de seguir en la cama. Estuve mucho tiempo programando siestas y durmiendo, abriendo un ojo, escuchando la lluvia, dando media vuelta y cerrando los ojos de nuevo.  Todos estos meses de tanto pensar (y dormir) engordé algunos kilos que no sé si molestan pero no quieren seguir adentro mío. La siesta es linda pero ya es hora de adelgazar dejando un poco de peso sobre mis "Paisajes de tinta" para que alguien los reciba, los lea y se adueñe de ese retazo prestado.

Es martes y el día sigue horrible pero me visita esa amiga loca que siempre sonríe, la que se la pasa mintiéndome y se divierte haciéndome bromas, la que trae golosinas para comer hasta reventar. Esa amiga que tiene botas de lluvia de todos colores y me las presta un ratito para salir a chapotear en los charcos sin planificarlo. El sol no se asoma pero ya encontré mis impulsos cotidianos: el paraguas,  el piloto y las botas prestadas que me ayudan a vencer el mal tiempo. Llueve, sí, pero en algún momento va a parar. Mientras tanto escribo un poco, como haciéndome la distraída, y quién dice, quizás así se hace más llevadero el fin del invierno, la llegada de las sonrisas y la primavera. Ya saben, quiero llegar liviana al verano. Seguramente si se copan, con estos humildes retazos que ofrezco en préstamo, pueden generarse nuevos impulsos cotidianos que nos hagan llegar bien rápido a un verano soleado (en pleno invierno).

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miércoles, 20 de abril de 2011

El último abrazo para siempre

"Que los cumpla feliz
que los cumpla feliz
que los cumpla la mechi guacho jaja
que los cumpla feliz...
Me, que la pases muy bien.
Te quiero mercedez."
 Juan Pablo Ligorria
23.08.10


Muy típico de vos escribir en un solo mensaje varias de las maneras posibles de nombrarme. Muy típico de vos escribir Mercedes con "z". Muy típico de vos transmitir alegría en un par de frases. Muy típico de mí imaginarte escribiendo o diciendo ese mismo mensaje en palabras (con risa y abrazo incluido).


Hace cinco meses que mi cabeza hace un trabajo constante de recolección de recuerdos. Casi siempre empiezo el recorrido de imágenes sobre Perón, caminando desde el colegio hasta Plazoleta con Nati y Pampa. Los cuatro caminábamos bastante lento, hablábamos de nuestras novedades diarias y  contábamos los "303" que yo perdía por ir con ustedes hasta ahí. A veces Pampa y vos sacaban sus dotes de hermanos celosos y buen... nos "aconsejaban" como hermanos celosos. Casi siempre me terminaba enojando, vos me hacías enojar. Pero esa época era como ahora, yo me enojaba por cualquier cosa. Nos peleábamos bastante, es verdad, pero siempre por tu culpa (ja! soy testaruda ¿y qué?). Lo que me enojaba, en realidad, era esa capacidad que tenías de dar vuelta las peleas: yo era la que estaba molesta con vos pero  terminabas hechándome toda la culpa a mí, convirtiéndote así en la víctima. A los pocos minutos, a las horas, después de unos días (o de todo un verano) estaba todo bien;  me decías "Siempre tan loquita la Mechi" mientras agarrabas la punta de mi nariz con el dedo índice y el pulgar (porque para vos tenía un cuadradito) y nos amigábamos, seguramente con un abrazo.

Sigo pensando y el recorrido continúa en el aula, en tu secundario en "cómodas cuotas", vistiendo la camperita celeste y marrón de Levi's. Como no veías nada, siempre te sentabas adelante, pero tu alma de paseandero no te dejaba quedar quieto. Vagabundeaba por varios lados hasta que llegabas al lado mío, me decías "dale Mechi, no jodas, correte que me siento ahí" y te sentabas entre Maga y yo, para molestarnos un rato. Creo que si revolvemos nuestras carpetas, muchos márgenes de las hojas están autografiados con tu  característico "Melly JP". Algunas veces nos mangueabas cosas, otras nos regalabas alguna golosina.
Si se te ocurría abrir la mochila, allí podíamos encontrar desde el libro "Rayuela" de Cortázar, hasta una crema para peinar Sedal o un mini celular de juguete. Metías la mano en el bolsillo, sacabas el celular, le corrías la tapita y marcabas rápido con un dedo mientras simulabas el sonidito de las teclas. No me acuerdo ni a quién llamabas pero te hacías el que hablabas con gente, así, con el celular en la oreja y el codo bien para arriba. A veces pensábamos que por fin se te había perdido pero el juguete siempre reaparecía de la nada.
Te encantaban los Beatles y Calamaro pero muchas veces se te pegaban hitasos como "La colaless", "con una cucharita que hace pum, pum, pum" y una canción de los rulitos de Johonson Baby Shampoo (jaja), entre otras. Lo mejor era cuando hacían un chiste en el aula o alguno decía algo gracioso porque se generaba un murmullo, pero cuando todos terminábamos y nos callábamos, se escuchaba una risa como para adentro que quedaba sola (porque te seguías riendo o porque entendías tarde), entonces todos soltábamos una carcajada. Era una especie de JI, JI, JI irreproducible. Te gustaba estar en el colegio, escapándote de las clases, chamuyándote chicas y apalabrándote a los profesores para que no te metan adentro del aula.
La esquina del colegio, a la salida, era el lugar y momento de mayor socialización del día. Ahí, y seguramente por tu culpa, conocí a personajes como Leíto, Gus, Pampa y Germán. Eras un celoso incurable pero eso no opacaba esa capacidad de integrar a todos generando conversaciones entre futuros y antiguos amigos a la vez. Bueno, es verdad que a veces las mujeres quedábamos un poco afuera, sobre todo los lunes, que a veces hablaban de las anécdotas (y minitas) que pasaron el fin de semana. También quedábamos afuera de tus conversacionenes con Manu, tenían un código de mellizos (o una papa en la boca) que consistía básicamente en decir clara solamente la última palabra de la oración. A veces te peleabas con "el Gordo" por cosas tontas, pero sólo por cosas tontas. Eran iguales pero diferentes. Muy  graciosos pero a veces era para matarlos. Bastante chamuyeros, vendedores de buzones. Molestos como ustedes solos pero, eso sí, bien cariñosos y amigueros.
Justo anoche soñé con él, con tu alma gemela, porque era así, eran el uno para el otro.  Estábamos en un lugar feo, no sé bien dónde, y yo le decía que vos ya no estabas, te habías ido. Él transformó la cara, tenía lágrimas en los ojos, entonces yo (por esas cosas mágicas que pasan en los sueños) le dije y pensé "No Manu, no es a Juan Pablo  tu hermano al que le pasó algo, es otro Juan Pablo, no te asustes". Le volvió el alma al cuerpo y me abrazó con esos abrazos fuertes que daban ustedes. Y me lo creí,  sentí que estaban los dos acá y salimos corriendo a buscarte a no sé dónde

La última parada del recorrido en la recolección de recuerdos es una mezcla de todo. Me voy quedando dormida y los recuerdos avanzan más rápido y difusos. Pasa el asiento de la vereda de Trevi y los chicos sentados ahí riéndose. También pasa esa vez que nos escapamos de ese mismo asiento con Denis para que Germán y ustedes no se comieran nuestro helado (sí,  fue idea mía ja!). Pasan tus anteojos todos rotos, tu mirada de cerquita y de costado al celular. Pasan tus relatos efusivos y con pasión sobre el club, el rugby y la ternura con la que hablabas de los nenes que entrenaban con Manu. Lo contento que estabas cuando ascendieron, siempre insistía que los vaya a ver jugar. Querías que todos los vayan a ver.  Pasan esas veces que íbamos caminando por Perón con Nati, de repente te dabas vuelta para mirar a una mina y nos dejabas hablando solas. Tampoco faltan tus mails, mensajes o llamados colgados dando señales de vida. Cuando te buscaba no te encontraba por ningún lado y de repente aparecías el día menos pensado (mi celular decía "Melli JP envió un mensaje" o se abría la ventanita del MSN con un el subnick de "qué noche Teté"). Pasan también los "¿cómo le va señorita?" samarreándome el hombro con la mano. Pasa la única vez que me viste llorar, tendrías que haber visto tu cara de susto. ¿Y esas dos vacaciones de invierno que estuviste enyesado?¿Fueron dos inviernos seguidos?... No me puedo acordar, no doy más, me empiezo a quedar dormida y sigo sin acordarme por qué  te enyesaron. No importa - me digo casi dormida - mañana le mando un mensaje al Melli, me saca la duda y nos reímos un rato. Me duermo con esa idea mentirosa que se convierte en sueño. Llega la mañana, suena el despertador.  Lo primero que pienso es en agarrar el celular pero ya no estoy dormida, la idea era un sueño y abrir los ojos me pone triste, muy triste. 

Eso es lo que no pude hacer estos cinco meses. Abrir los ojos. Pero ahora que los abrí, me doy cuenta que todo este tiempo estuve triste, que estoy más triste y es porque ya no estás. Se fueron los dos juntos. Y sí, extraño. Ya no eran tan frecuentes los helados en Trevi pero sí las charlas por MSN, los mails colgados o los mensajes graciosos. Y te voy a extrañar  un poco más cuando sea seis de junio y no tenga un borracho a quien mandarle mensaje por el cumpleaños. Y voy a extrañar mucho más tu mensaje a última hora de los 20 de julio. Pero más todavía voy a extrañar es hablar con vos los 23 de agosto, porque eras el más colgado, pero nunca te olvidaste de mi cumpleaños. Siempre te comunicaste desde algún lugar (aunque sea robando crédito, ratón ja!), para regalarme una risa pegadiza, un "te quiero, Me" y un "cuidesé, Señorita".

Últimamente lloro por cualquier cosa tonta o me enojo más que siempre por cosas sin sentido. Esas veces necesito un apretón del "cuadradito" de mi  nariz y un abrazo a lo Melli... Creo que lo que más extrañamos todos son esos abrazos fuertes, fuertes, con carcajada en el oído que te dejaban sin aire y te (des)acomodaban los huesos. Esos abrazos que no hacía falta que tuvieran motivos para darlos. Y lo que más me da bronca es que en mi lío de recolección de recuerdos no puedo encontrar el último. Quizás no haga falta encontrarlo. Por suerte nos dieron tantos, que todos juntos forman ese último abrazo y para siempre que va a durar para toda la vida.

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jueves, 6 de enero de 2011

Recorrido turístico

Al turista se lo conoce comúnmente como un conjunto de personas que viajan por placer, recreo o distracción. Nosotros no desautorizamos tal definición pero cabe señalar que es muy precaria teniendo en cuenta que estamos refiriéndonos a una especie que presenta ciertas complejidades. El turista es una especie no autóctona, es decir, introducida al hábitat donde se aloja de manera provisoria. Se desplazan de un lugar a otro con el objetivo de conocer, vacacionar, distraerse pero por sobre todas las cosas para tomar fotografías. La primera dificultad que se presenta al caracterizarlo es establecer las subespecies de turista. Existen varias categorías para clasificarlo pero nosotros nos limitaremos a describir las siguientes: dentro del orden “turista de playa” encontramos a los que se trasladan hacia las zonas de la costa marítima llevando sombrillas de colores, reposeras y, lo más importante, ojotas y traje de baño. Es común que realicen actividades como jugar a la paleta, al volley y, por lo general, el turista adulto practica el deporte del tejo.

Los que pertenecen al orden “turista de montaña”, en cambio, prefiere recorrer el ecosistema, caminar, buscar el contacto con la naturaleza. Generalmente se rehúsa a ser catalogado como “turista” o simplemente prefiere ser llamado “turista aventurero” aunque quizás la única aventura que haga sea subir una mini-colina con una senda señalizada con luces casi intermitentes y al llegar saque una gran cantidad de fotos para luego explicar con lujo de detalles su gran travesía. Finalmente, existe el “turista de ciudad” cuya particularidad principal quizás sea que es el más exquisito y preciso: busca sacar fotografías significativas o de lugares conocidos que salen en las revistas de viajes. Es pertinente aclarar que en estas clasificaciones no son absolutas y existen matices: es común encontrar  un turista que se desplace hacia un pueblo de montaña con una sombrilla, ojotas  y pelota de playa; que otro turista deambule por la ciudad con un  mochila de campamento y que otro pida una ensalada de palta en una especie de refugio donde lo más sofisticado que se puede comer es una pizza napolitana con poco tomate.

Sin dudas, uno de sus caracteres típicos e imprescindibles para el  reconocimiento de la especie (que por lo general existe en todas las categorías anteriormente mencionadas) es la utilización de la cámara fotográfica como medio para retratar o llevar de recuerdo esos momentos vividos en un ecosistema novedoso. Ahora bien, es muy interesante destacar la diversidad de contenidos que se vislumbran en dichas fotografías: hermoso paisaje, turista con impactante paisaje, turista con cara de asombro o emoción ante un bello paisaje; turista con el cartel de bienvenida de la ciudad o pueblo que visita; turista encontrado “infraganti” metiéndose en una costa llena de pingüinos para, justamente, sacarse una foto con ellos; turista con cara de extrañeza comiendo un plato exótico; turista sentado al pie del árbol de muchos, muchísimos años en el que descansó el mismísimo General Masvaliente de la Zona; turista sosteniendo orgulloso una mojarrita que pescó; turista haciendo reír al granadero; turista delante del edificio más viejo; turista con el Barnie  o la estatua de la plaza. 

La aclimatación del turista en su hábitat no natural es un tema importante. Por lo general, el entusiasmo del viaje produce en la mayoría de los integrantes de la especie una gran capacidad para adecuarse y acostumbrarse a las nuevas condiciones ambientales, principalmente del clima, es decir, se caracterizan por tener un organismo capaz de adaptarse a condiciones ambientales bastante amplias. A pesar de eso, se han registrado casos de apunamiento, chuchos de frío prolongados, odio al constante viento o un  leve ahogo frente a condiciones de humedad y calor. Pero es común que el turista trate de distraer su atención en otras cosas para no perderse de nada de lo que tenía planificado visitar.

Podemos decir con certeza que el turista no genera calentamiento global, pero sí una contaminación de humores en la zona. Lo que queremos señalar con esto es que el impacto ambiental que producen en el ecosistema  está relacionado principalmente con las especies autóctonas del lugar. Es necesario aclarar que por lo general dichos ecosistemas se sustentan económicamente gracias a la actividad del turista. Es por ello que a simple vista o al principio de la temporada se considere que hay una relación de mutualismo entre la especie autóctona y la especie introducida: el primero gana dinero mientras el segundo disfruta de sus vacaciones. Pero, con el pasar de las semanas, se los considera literalmente una plaga: están en todos lados, es difícil movilizarse, se reciben quejas tales como “nosotros tenemos que seguir con nuestra vida y ellos se creen que todos estamos de vacaciones”.

Es posible que el turista trate de mimetizarse con el ecosistema que visita, es decir, existe un desarrollo en él, una especie de mutación. Pero, en su afán de pasar desapercibido comprando cada artículo regional, el día quince parece una especie exótica caricaturizada. Y con esto último que se mencionó se vislumbra otra de las características muchas veces dejada de lado, pero no menos importante: el turista, al igual que el gusano, sufre una metamorfosis y al cabo de algunas semanas o días deja de ser turista para volver a lo que llamaremos la vida no vacacional. Pero, a diferencia de la mariposa, luego de un tiempo, puede volver a ser un turista de cualquier característica. 

Nuestras investigaciones calculan que el turista nunca será una especie en extinción. Francamente, si alguna vez se convierte en una especie amenazada, vamos a luchar para que no se extinga porque queremos seguir recibiendo regalos provenientes de hábitats desconocidos, continuar escuchando anécdotas de flora y fauna diferente y nunca dejar de reunirnos con amigos cada vez que tristemente se deja de ser turista, se vuelve a la vida de especie autóctona y se comparte con los demás esas fotos de turista que no se pueden evitar.

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