viernes, 12 de agosto de 2011

Me mandé un moco

Mi tío Diego es de esos tíos que viven lejos pero que cada vez que venía de vista era divertido. A veces nos traía un regalo novedoso u original que nos dejaba sorprendidos o se convertían en nuestra ropa favorita por un largo tiempo: la calculadora de goma, las estrellitas fluorescentes para el techo del cuarto, el collar tipo africano con miles de mostacillas o el chicle que hacía un globo gigante como una pelota. Sin dudas para mí, el mejor fue la remera violeta con huellas de dinosaurios que brillaban en la oscuridad y que le regaló a mi hermano Tomás, siempre se la envidié. Es también el tío de la moto, al que le gustaba pasar por el medio de los charcos a toda velocidad. Es el tío con el súper lente en la cámara, el que nos sigue sacando fotos de bien cerca y se pone loco cuando salen los ojos rojos. Estuvo soltero hasta que tuve unos siete u ocho años y eso favorecía a que cuando nos visitaba éramos el centro de atención. El tema es que también es el tío jodón y que es monotemático por épocas. Cuando teníamos diez contaba una historia de que a esa edad el salía con María Silvia Díaz, que le hacía la tarea o algo así. A los 11 ponía sus manos juntas y nos hacía romper la manzanita o se la pasaba diciendo ATC, Show fantástico. A nuestros doce nos hacía tirar de su dedo índice y se tiraba un pedo. Más o menos desde los trece o catorce a la actualidad su primera pregunta cuando nos ve es ¿cómo marcha ese noviazgo? (y sigue con la historia de María Silvia Díaz).

Las risas se podían volver un problema si yo consideraba como ciertas muchas cosas que él decía. Y sí, de muy pequeña las creía como verdades absolutas. Cuando tenía unos cinco años seguramente me engancharon ingiriendo uno de mis pequeños mocos. Entonces Diego comenzó a contarme sin parar una de sus historias y la repitió tantas veces que le creí. El decía que cuando tenía mucha cantidad de mocos en su nariz los guardaba en el freezer por las dudas que se le terminen y a veces, cuando hurgaba en su nariz y no tenía nada, iba a buscar uno para comérselo. Yo al principio no le creía, ¿qué era eso de que un señor grande guardara sus mocos en el freezer?. Pero él seguía: Fuaa no sabés ayer el moco que me saqué, era tan grande que lo congelé porque no me lo podía comer en ese momento. De ese estilo eran sus anécdotas acerca de guardar mocos en el congelador como si fueran un pollo, una salsa, una milanesa o una hamburguesa. Tanto insistió que un día quise intentarlo. Tenía alrededor de unos seis años, creo, y a esa edad no tenía permitido abrir la heladera sola. Por eso esperé a que el campo estuviera despejado (me lo acuerdo patente): mamá dormía la siesta o estaba afuera, acerqué una silla a la heladera, me subí, abrí la puerta del freezer, me saqué un par de mocos y arrastré los dedos en el zócalo interno del estante de la puerta, para que los mocos quedaran impregnados ahí. Bajé la cabeza, cerré la puerta, corrí la silla a su lugar y acá no pasó nada.

¿Qué gusto tendrá el moco congelado?, me preguntaba a veces cuando miraba la heladera. Pero cada vez que quería averiguarlo estaba acompañada y nadie podía enterarse de lo que había hecho. A veces mi tío volvía con esa historia de sus mocos y yo me hacía la desentendida: ay tío, ya estoy grande para comerme los mocos ¿Qué decís? Qué asqueroso. Pero la duda me quedaba. La cuestión fue que a los meses mamá me dijo que la ayudara a poner las cosas sobre la mesada mientras ella descongelaba el freezer. ¡No! - pensé - estoy frita, se va a dar cuenta que están mis mocos ahí. Mientras ella iba sacando la comida y me la pasaba, yo por dentro temblaba. ¿Qué le voy a decir? "El tío me dijo que él lo hace y le funciona". ¡No! Es una asquerosidad, yo ya estoy grande para estas cosas. El freezer se fue vaciando y mamá no decía nada. Ya estaba todo limpio y mamá seguía sin darse cuenta. ¡Qué raro! - pensaba yo - bueno será que alguien los vio ahí, se tentó y se los comió. Con los años me di cuenta de que esa conjetura era imposible. Imagínense dos moquitos de una nena de seis años adentro de un freezer lleno de comida, una aguja en un pajar, eso fue lo que pasó. Yo tampoco los hubiera encontrado en caso de haberlos buscado. En fin, me preocupé al divino botón pero me quedé con la intriga de conocer el gusto a moco congelado ¿Habrá que descongelarlo antes de comerlo? Preguntémosle a mi tío Diego, quizás todas sus historias eran ciertas y los grandes siguen comiéndose los mocos, pero de manera organizada.

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