domingo, 28 de noviembre de 2010

Serie de encuentros (desencontrados)


“Andábamos sin buscarnos
pero sabiendo que andábamos
para encontrarnos”
Julio Cortázar- Rayuela.

Ella caminaba, con demasiado cuidado por miedo a tropezarse, sobre las rotosas veredas que la vida le puso en su camino. Pero lo que esas veredas tenían de intransitables también lo tenían de pintorescas, amigables y charlatanas. Además, la cautela con la que transitaba esas baldosas no le impedían observar cada detalle de lo que se le cruzaba con ojos curiosos, de detective. Gracias a su poder de percepción e imaginación, ella creía en muchas cosas aunque un gran caparazón protector que cubría todo su autoestima hacía ver al público presente todo lo contrario.

Él recorría unas veredas algo diferentes, seguramente con baldosas más cancheras, multicolores... y, sin embargo, esta característica no lo dejaba exento de llevar a cabo cada paso con algo de cuidado. Quizás sus ojos no eran tan detallistas pero tenían una particular mirada de optimismo y despreocupación. Grandes ideas retenidas por unos rulos ingobernables hacían que sus proyectos inundaran las acciones, pero mejor era pensar que estaba haciendo lo que se fuera dando.

De alguna manera las dos veredas, a pesar de sus diferencias, pertenecían a calles perpendiculares e indefectiblemente ellos se chocaron. El tema fue que la capacidad de ambos de no darse cuenta del cruce, se fue naturalizando cada vez más con el tiempo, pero quizás eso fue lo que, finalmente, unió sus diferencias.

Una de las primeras esquinas en las que se comenzaron a hacer frecuentes los encuentros no era del todo agradable (en realidad era bastante detestable): miércoles temprano a la mañana,  una pequeña aula habitada por algunos cuantas incertidumbre, caras desconocidas, una profesora algo loca que mantenía el récord de llegadas tarde, y, sobre todo, unos pocos alumnos. La otra esquina era un poco más alentadora (aunque seguramente él no pensaba lo mismo) los martes (también a la mañana temprano) pero en la gran aula de teóricos. Cuando él entraba con los ojos chiquitos de sueño y rascándose la cabeza, ella por lo general ya estaba sentada charlando con Fede. Él procedía a sentarse de su otro lado y luego ellos se pasaban el respectivo informe del fin de semana (fútbol, salidas y esas cosas que pueden hablar dos hombres con chica mediante) y a veces hasta ni hablaban. Ella solo se limitaba a pensar “qué bichos raros estos dos que se hablan de sus novedades solo en la facu y ni sentados uno al lado del otro”. Bueno sí, es verdad, no podía limitarse solo a pensar porque no es su principal característica, también hacía comentarios, pero solo algunos.

El tema es que la situación en la pequeña aula empeoró: la profesora definitivamente no estaba en sus cabales y llegaba la hora de hacer un fastidioso trabajo práctico en grupo. Gracias a ello, surge una nueva esquina que al principio sí era deplorable: MSN mediante, juntos tomaron las riendas de un trabajo cuyas consignas y objetivos eran dudosas para ellos... lo que en realidad pasaba era que no tenían idea de lo qué se trataba. Él: con su calma habitual encaró los inminentes parciales, trabajo práctico y además ... se ocupó de tranquilizar y mediar cuando fue necesario. Ella, en cambio, se sentía un caos: los parciales, el trabajo práctico, nadie hacía nada, pasaba el tiempo, seguían llegando los parciales... pero esperá, a pesar de todo eso, él no sé, pero ella, comenzó a darse cuenta de algunos encuentros: una conversación en un pasillo lleno de gente de la facu antes de entrar a un teórico y un viaje en colectivo un día lluvioso le habían empezado a hacer un poco de ruido en su cabeza.

Hubo un feliz desenlace para la tediosa materia y por fin llegaron las esperadas vacaciones de invierno. Ya sin trabajo práctico mediante, el MSN siguió siendo la esquina, no sé si predilecta, pero sí más frecuente de encuentro. Largas charlas de no saben bien qué hicieron por fin que se dieran cuenta de que las baldosas de sus respectivas veredas estaban entrecruzadas, pero por alguna razón pensaban que era mejor seguir fingiendo que este sentimiento de hallazgo no existía. Por eso, por momentos comenzaron a pensar que sus veredas se habían vuelto paralelas.

Volvieron las clases y con ella las esquinas indefectiblemente comenzaron a multiplicarse. A pesar de eso, nada parecía alcanzarles para que hicieran presente, de manera conciente en sus cabezas que indefectiblemente había un cruce de miradas.  No alcanzó que  ella cumpliera años y que él la llamara, le mandara un saludo por la radio y le regalara un chocolate. No alcanzó, tampoco, ir a tomar el té un día de lluvia antes de entrar a la facu; ni llegar tardísimo esa tarde gracias al mal tiempo, previa compartida de paraguas; ni quedarse hablando después de clase los lunes e irse siempre pensando que les faltaba algo; ni ir a ver una película al cine; ni descubrir cuál era su película favorita en común; ni acompañarse por MSN en las horas de estudio; ni ir a visitar el Botánico una de las primeras tardes calurosas de primavera... en realidad, pensándolo bien, no sé si era que no alcanzaban. Pensémoslo como que cada uno de esos encuentros (quizás un poco desencontrados) fueron formando una  pequeña chispa que no era suficiente para encender pero estaba ahí, nunca se iba.

Los últimos parciales del año se asomaban y con ellos también las vacaciones, un inminente viaje muy esperado, una visa que lo confirmó y con todo esto un gran cartel de luces intermitentes que decía nada más y nada menos que “llegó la hora de hacerle saber al otro que nos dimos cuenta, estamos parados en la misma esquina”. Esta esquina estaba llenísima de dudas, nervios, incertidumbres pero, sin dudas, era la más linda de todas. Estaba en barranca, los árboles avejentados creaban un clima de calidez, el piso estaba inundado de las flores amarillas de las tipas, creo que había llovido y el suelo estaba algo húmedo. El helado de ella combinaba frutilla y chocolate amargo. El de él, melón y menta granizada ¡puaj! y casi termina en el piso. Sin dudas, era uno de sus lugares predilectos pero lo más importante era que combinaba baldosas pintorescas y cancheras. Charlaron no saben bien de qué, como siempre, hasta que se hizo el silencio... por fin se dieron cuenta de que no transitaban calles paralelas ni perpendiculares, eran diagonales, quizás, que tardaban en cruzarse pero sabían que en algún momento llegarían al choque: una mirada minuciosa, de detective finalmente encontrada (y para nada desencontrada) con los ojos optimistas y algo despreocupados.

Hoy sigo transitando con cuidado sobre algunas baldosas flojas que se me interponen en el camino. Vos también caminás con una cautela  algo despreocupada las veredas nuevas y viejas que aparecen y reaparacen. A veces me enseñás cómo se hace para no calcular cuántas veredas intransitables y baldosas rotas se cruzan en mi camino. Otras veces intento enseñarte que hay que organizar las baldosas coloridas de alguna manera. Quizás creo en más cosas de las que creía creer y vos proyectás como haciéndote el distraído más de lo que tenías pensado. Los dos tenemos en claro que andamos para encontrarnos y ya no nos preocupa demostrarlo aunque... sí, no podemos evitar seguir teniendo encuentros desencontrados. ¿Pero qué mejor que sentirnos perdidos por un ratito para volver a esa esquina y cruzar unas sonrisas que solo demuestran que ya no nos olvidamos que andamos para encontrarnos?

Read more...

sábado, 30 de octubre de 2010

Ideas en busca de un rayo de luz

“La inquietud que producen esos recuerdos – o ese tema, ese germen de la historia que regresa- se debe a que misteriosamente significa algo más, de que es algo así como un brote cuya raíz nace en nuestras sensaciones, nuestra imaginación, en experiencias pasadas, para establecer con nosotros una conexión especial y misteriosa.”

Gloria Pampillo

Alguna vez alguien lo plantó al lado de una ventana. Seguramente el techo inoportuno de alguna galería fue lo que hizo que se distinguiera entre todos los demás. Sin embargo, eso no lo imposibilitó a la hora de cumplir su principal objetivo: vivir. Al parecer el agua nunca le faltó, sin embargo, en todo momento tuvo sed de lluvia y de otras cosas más. El problema siempre fue el mismo y es que los hilos de luz provenían de un solo lado. Ya hace muchos años que la primera de sus pequeñas ramas decidió seguir esos rayos y se animó a pasar la frontera. Enseguida las demás la siguieron y juntas comenzaron a hacerse dueñas de la ventana y del balcón. Al principio no fue fácil, la pelea por la luz era constante y las quejas de los vecinos mutilaron su tarea en varias ocasiones. Se pueden ver las cicatrices, los nudos de esa lucha incesante. Ahora las ramas ya son adultas, compiten por algún rayo de luz solar pero se respetan, cada una tiene su espacio y siguen engordando cada vez que pueden. Allá más arriba sí hay una guerra verde de nuevos brotes pero saben que todo tiene un límite y su principal sostén son aquellas que tuvieron el coraje de invadir la vereda en busca de vida hacía ya unos cuantos años. Todas juntas muestran hoy su agradecimiento brindando una copa gigante de sombra a los fugaces peatones que pasan por debajo de ella en cualquier época del año.


Por suerte las ideas que rellenan cada uno de nuestros relatos crecen de una manera parecida a la de los árboles. Y, así como éste, algunas veces se les hace más costoso formar una gran copa llena de argumentos atractivos y que le den algún tipo de sombra literaria al lector.


Desde el punto de vista de Gloria Pampillo “un tema o una historia puede originarse de la manera más inaudita y de situaciones y también imágenes cotidianas; lo que importa es que, por trivial que lo juzguen otros, para uno es significativo; esta cualidad se revela a menudo por el hecho de que vuelve una y otra vez a la memoria.”[1] Pero ¿cómo llega esa idea o tema a retumbar y hacer bochinche sin parar en nuestra cabeza? ¿Cuáles son los hilos de luz que le permiten poder asomarse por la ventana? ¿Cómo hace para engordar cada rama y llenarla de nudos, personajes llamativos e interesantes?



Es preciso, entonces, encontrar la luz y el agua que alimentan cada una de nuestras ideas. Ellas están compuestas, nada más y nada menos que por lo que sucede a nuestro alrededor, por esa mirada de espectador de la vida diaria. El problema es que generalmente las ideas tienen un paladar exquisito y no pueden alimentarse de cualquier mirada. No se la puede satisfacer con una vista rápida al semáforo esperando que cambie de color para cruzar. Tampoco se le puede pedir que crezcan fuertes con esa mirada de reojo con la que ubicamos el colectivo que tenemos que tomar mientras hablamos por teléfono. Es, en cambio, la mirada chusma y curiosa nombrada sutilmente como “el arte de mirar” la que sirve, junto con los recuerdos y la experiencia, de principal abono del buen relato. Pero no hace falta ir buscando por la ciudad cosas extravagantes y fuera de lo común para que se desarrollen fuertes y sanas. Con la vida diaria alcanza ya que, como señala Irene Klein, “nunca inventamos del todo, la ficción nace, sobre todo, de lo que miramos. El arte es un hábito que se desarrolla: el de aprender a mirar, el de sustraer la mirada del automatismo de la visión cotidiana. De volver a observar lo que parece obvio.”[2] Entonces el plato predilecto de las ideas son aquellas miradas que nos permiten observar con ojos de extrañeza lo cotidiano, miradas que nos pregunten ¿Qué música saldrá de los auriculares de aquella chica? ¿Con quién hablará por teléfono ese hombre que ríe sin parar? ¿Quién será el dueño de la ventana de aquél edificio?


¿Pero de qué nos sirven todas esas preguntas y observaciones minuciosas? ¿Qué objetivo tiene tenerlas todas apelmazadas en nuestra mente? Quizás esa lista detallista de situaciones o de momentos conformen así nomás un relato, una poesía, una gran historia. Pero no, solas no dicen nada. Y O’connor nos advierte al respecto diciendo que “afirmar que la ficción procede por el uso de detalles no implica el simple, mecánico amontonamiento de estos. Cada detalle debe ser controlado a la luz de un objeto primordial, cada detalle debe introducirse de modo que trabaje para nosotros. El arte es selectivo. Todo lo que hay en él es esencial y genera movimiento”[3]. Es decir que, una vez en nuestra cabeza, transformarse en una gran copa que brinde sombra no es tarea sencilla. No es cuestión de crear un collage de situaciones que nos llamaron la atención. Es en este momento en el que tiene que entrar en acción la interpretación de las fotografías diarias que sacan nuestros ojos. Una interpretación que sirve de conector, que imagina, ata cabos, busca coincidencias, deja sorprenderse. Una imaginación que actúa como un brote expectante en busca de un rayo de luz. Y, finalmente, puede pasar mucho tiempo hasta que esa chica que escuchaba la radio en el colectivo se encuentre con el hombre que reía sin parar.


Simplemente atesorando imágenes y momentos a la espera de un hilo de luz puede ser que alguna vez encontremos la fotografía que encaje perfecto con ellas. No es cuestión de forzarlas a que transiten un rumbo que no quieren seguir. Muchas veces algunas ramas molestarán a los futuros peatones de esas veredas, entonces, nuestra poda correctiva podrá formar los nudos que nos permitan seguir adelante. Sólo eso puede hacer que la tensión entre nuestras ideas crezcan momento a momento, de una manera “algo” organizada y que inciten al futuro lector a no parar hasta terminar de recorrer cada una de las hojas y ramas de esta copa. Ese estado latente y expectante de nuestras ideas a la espera de alguna pareja ayudará a la imaginación a conectarlas para así poder, de alguna manera, establecer un ganador, un perdedor o un final abierto a esa carrera en busca de la luz.



Seguramente hoy no riegan este árbol las mismas manos que lo plantaron. Quizás ya no lo necesite porque sus raíces son tan profundas que pueden proveerse de alimento solas. Los relatos, una vez terminados, tampoco son regados por las mismas manos que lo crearon ya que en el momento en el que el escritor pone el “punto final” está en manos del lector la tarea de que siga creciendo. Y lo que es mejor, cada lector interpreta al árbol de manera diferente: algunos buscan la luz a través de una ventana, otros dejarán que crezca libremente en el medio del campo, otros pueden hacer morir sus brotes en la plena oscuridad. Mientras se lo siga leyendo, hay infinitas lecturas, y como en cada árbol, dentro de ellas existe un mundo distinto. Dicen que los árboles en algún momento paran de crecer, pero ¿tendrán algún límite las ramas de este árbol que se entrecruzan gracias a nuestra imaginación?



Bibliografía



-Klein, Irene. La Narración, Eudeba, Buenos Aires, 2007.

-O’Connor, Flannery. “El arte del cuento” en Cómo se escribe un cuento, Librería “El Ateneo” Editorial


-Pampillo, Gloria. “El relato: ser fiel a la historia” en Permítame contarle una hitoria, Eudeba.




[1] Pampillo Gloria, “El relato: ser fiel a la historia” en Permítame contarle una hitoria, Eudeba, Pág. 208

[2] Klein, Irene. “El hábito de mirar” en La Narración, Eudeba, Buenos Aires, 2007. Pág. 110

[3] O’Connor, Flannery. “El arte del cuento” en Cómo se escribe un cuento, Librería “El Ateneo” Editorial. Pág. 205


Read more...

lunes, 25 de octubre de 2010

Lunes otra vez: Enojo de lunes.

Sí, lo sé, hace mucho, pero mucho, que no escribo. Casi un mes y medio sin postear. Al principio creo que fue lo mismo de siempre: el estudio, esa manía que no me puedo sacar de querer aprenderme todo con detalle y ponerme loca cada vez que no me sale y que por eso me lleve mucho tiemoi. Pero esa excusa se quedó en el tiempo porque hace casi un mes que no tengo parciales en el calendario. Debe ser vagancia, eso debe ser. Me da fiaca ponerme a pensar en que las ideas queden perfectamente redactadas, poetizadas y conectadas. Pero al instante me desespero y pienso ¿será que ya se me terminó la imaginación?¿Será que no sirvo para esto?¿Será qué...?

Hoy es lunes, vuelvo a escribir a pesar de que no logré resolver el dilema anterior (mi manía de saber los porqués me impide concentrarme en la escritura) y confieso estar un poco enojada. Sí, todo eso (o simplemente eso). Dadas las características del día, no prometo brindarles el mejor texto o reflexión de mi vida. No prometo expresar mis ideas de la manera más poética, ni no intentar repetir palabras, ni leerlo mil veces antes de apretar "Publicar entrada". Es lunes y estoy enojada, quizás mi propósito es que entiendan cómo se maquina mi cabeza cuando se juntan esas dos variables.

Hoy es (o fue) día de trabajo práctico en grupo, actividad que se convierte en más tediosa siendo lunes porque se pueden recibir respuestas como "hu! perdonen chicas, me colgué el fin de semana" o "no saben lo que me pasó..." o simplemente "no abrí los mails en todos estos días". Pero creo que lo que lo convirtió en un trabajo tedioso desde el principio fue que el tema era "Reflexiones acerca del AMOR" y que tuviéramos que hacerles preguntas deprimentes a nuestros entrevistados. El trabajo no era de gran complejidad, lo que permitió que no coartara ninguna de mis actividades de fin de semana ni las de mis compañeras de grupo que trabajaron en él (3 de 8). Pero el tema del amor... bueno, a pesar de ser tres trabajando en un grupo de ocho, y al contrario de experiencias anteriores, yo estaba contenta. Las tres nos complementamos bien: una buscando citas, la otra redactando y la otra leyendo minuciosamente para buscar las incongruencias y errores. Creo que no nos faltaba nada.

Llegó el final del maldito lunes y un poco nos cansamos de escribir, buscar citas y corregir. En un momento determinado de la tarde, una de las chicas mandó un mail a los demás pidiendo si no podían hacer lo poquitísimo que faltaba. No hubo respuesta. Entonces, como yo estaba de muy buen humor (y esto no es ironía, aunque no me crean, es literal) decidí mandar un mail medio en chiste "llamando a la solidaridad" de los demás compañeros y detallando (así como a Tati le gusta y le da gracia) cada punto que nos faltaba y cómo lo podían hacer. Y en este punto llega mi frustración. Yo le pongo tanto empeño a la escritura de un mail como a la de cualquier texto del blog. Me parece que para transmitir ideas claras no hay nada mejor que la escritura porque quedan en evidencia todas tus ideas, dudas, pedidos. No hay posibilidad de reclamo de "no me dijiste..." y no te pueden quedar dudas de lo que hay que hacer (lo podés volver a leer). Suelo releer los mails que mando a grupos de trabajos muchas veces, separo las ideas con puntos, me fijo si se entiende o si puede surgir alguna duda. Pero esta vez me di cuenta que ese empeño no sirve para mucho... y sin dudas en este punto llegó mi frustración. Obviamente que a la noche del maldito lunes llegaron los mails de los "desaparecidos en acción" con sus correspondientes excusas de fin de semana. Pero, leyendo sus respuestas me di cuenta de que no tuvieron ni la delicadeza de leer por lo menos entre líneas lo que les había detallado que nos faltaba. Entonces, si no puedo hacer que lean mis propios compañeros algo que supuestamente les incumbe y que les interesa como es un trabajo de su carrera, ¿cómo puedo pretender que otros me lean en un blog hablando de cosas triviales y que pueden no interesarle a nadie? "Escribo al pedo", me dije.

Obviamente que Tati, conociéndome, siendo mi amiga y sabiendo que en mi mail estaba la respuesta a todo lo que ella podía hacer, lo leyó minuciosamente pero esta vez eso no alcanzó... y sí, luego de sorprenderme a mí misma con una paz inusual en mí un día antes de una entrega, me enojé y terminé "terminando" el trabajo sola. Ya les dije, el trabajo no era de mucha complejidad, y lo que faltaba era ínfimo, por eso no me animé a despertar a aquellas dos que me dijeron mil veces "cualquier cosa mandame un mensaje". Pero me enojé. Creo que al principio me con esos cinco que no aparecieron pero después me di cuenta de que lo que me molestó fue que una vez más mi estrategia de querer dejar todo claro no funcionara. Me molestó saber que no había conseguido que me escucharan, saber que no había podido captar a mi audiencia como yo quería. Tenía cinco posibles lectores y mi "raiting" fue cero de cinco. Acá reside mi frustración con respecto a la escritura. Ya sé, los mandé a todos al frente. Pero quienes fueron mandados al frente pueden llegar acá por un medio muy simple, leerlo y decirme lo que quieran en los comentarios. Pero no lo van a hacer porque sus almas de no curiosos no les van a permitir hacer "click" en el perfil que queda a la vista cuando comento en el blog de la materia y por eso puedo apostar cualquier cosa a que nunca van a llegar acá. Me encantaría que lo hagan, que puedan llegar. Por lo menos reivindicarían su fama de lectores de mails de grupo irresponsables y hasta podríamos intercambiar opiniones.

Pero había otra cosa que me hacía ruido en este trabajo... el tema del amor. Mucho hablamos sobre este tema en las clases anteriores a la entrega del trabajo. Toda la comisión filosofando sobre el tema, proponiendo canciones que se relacionaban, comentando eufóricamente en el blog de la materia, todos "arjonenado" sin parar. Mucho "amor y paz" dando vuelta por el aula, mucho ¿amor a primera vista o lo elegimos? Ante una ruptura ¿apostamos al amor de nuevo? ¿Seguimos creyendo en el amor? De nuevo mucho "amor" dando vueltas. Pero... ¿Dónde está el amor de mis compañeros de grupo? Sin dudas algunos de ellos supieron verbalizar perfectamente lo que es el amor para ellos, supieron filosofar y opinar acerca del mismo. Pero yo me pregunto dónde está el amor más simple, el amor de todos los días, el amor por ayudar mínimamente al que tenés al lado, al que te llena la casilla de mails con comentarios acerca de una actividad de la facu. Dónde está el amor por uno mismo, el amor a conocer cosas nuevas haciendo un simple trabajo. Y reflexionando sobre estas cosas me di cuenta que siempre pensé que mi participación en los trabajos era por una cuestión de eficiencia, mi manía por controlar que todo quedara perfecto. Pero creo que me equivoqué en este punto (por lo menos un poco) porque , sin mi participación, el trabajo hubiera quedado perfecto de todas maneras. Me di cuenta que, en realidad, participo porque me interesa aprender de las actividades aún cuando pienso que el tema es una porquería (porque en definitiva es la carrera que elegí, me encanta y por eso le pongo garra) y que participo porque no puedo dejar a quienes trabajan en él solos. Considero que en este caso mi aporte no fue tan grande, pero estuve ahí, leí lo que ellas escribieron, les presté atención, comenté, redacté, aprendí. "Ahora ya no estoy tan enojada, al final tanto no escribí al pedo", me digo.

¿Y el amor dónde quedó en mí?¿Qué es lo que aprendí? Cuando terminé de hacer el trabajo recordé lo que siempre viene a mi mente cuando termina el día de trabajo práctico en grupo.y estoy volviendo en el colectivo de la facu hacia casa... Pero ¿qué tiene que ver este recuerdo con el amor, con mi enojo y con que no me siento leída? Hubo una vez que fue la peor de todas. Fue en la primera materia de la carrera. Ninguno de los integrantes del grupo sabíamos cómo hacer el trabajo. No teníamos idea. Finalmente, tomé las riendas del trabajo. Obviamente escribí infinidad de mails que lo más probable es que no hayan sido leídos. Me enojé mucho. Maldije a los demás. Protesté más todavía. Pero hubo alguien que me siguió, me leyó, me tranquilizó cuando maldije a los demás. Quizás fue una táctica para conquistarme, quién sabe. Igual si fue una táctica, sin dudas, me encantó. La diferencia es que ese alguien, después de esa experiencia, no dejó de leerme, criticarme en cada punto de lo escrito y de tranquilizarme cuando estoy loca. Ese alguien hoy es un novio que cuando protesto porque no me sale escribir nada se declara como mi lector y detalla todas esas cosas que le gustaron leer (y las que no tanto). "Ahora estoy contenta, sé que escribo para algo" porque ahí encontré el amor, en sus "lecturas" diarias, en sus acciones, en sus comentarios, en mis "lecturas" diarias, en mis acciones, en mis comentarios. No está en las palabras que decimos pensar acerca de nuestro estado, no está en lo que lo que él dice que siente hacia mí o lo que yo digo que siento hacia él. No está en ninguna de las palabras que escribí en este párrafo. Por eso nunca escribo sobre el amor, porque a las palabras (solas) se las lleva el viento. Prefiero actuar, aunque a veces sea más complicado, lleve más tiempo y nos decepcionemos si el otro no nos presta la atención que queremos.

Sin dudas es el peor post que escribí en la corta historia del blog, pero necesitaba volver a escribir algo de cualquier manera. Contar algo. Poder sacarme esa estructura de escritura perfeccionista, por lo menos en un texto. Pensar en voz alta. Darme cuenta que no soy una insensible y desamorada. Decir que pienso diferente y que, aunque me cueste aceptarlo, hay ciertos pocos casos en los que las palabras no sirven para nada.


Read more...

sábado, 11 de septiembre de 2010

Siesta inoportuna

Cuando el bullicio y los cuchicheos comenzaron a convertirse en carcajadas, cuando sintió las miradas clavadas en su cabeza y escuchó lejos, pero cada vez más cerca y claro su apellido, despertó sobresaltado. Al levantar la cabeza advirtió que detrás de ese barullo producido por las risas, el dinosaurio quieto, serio lo acechaba manifestando su disgusto mediante sus ojos intensos, sus cejas enojadas y sin decir una palabra. Luego de una angustiante breve pausa, atacó con su pregunta y a pesar de que él nuevamente no contestaba, ella todavía seguía allí, como siempre, con sus arrugas verdes, su voz chillona repercutida por las clases, su implacable letra de cuaderno de caligrafía, llevando en su espalda con mucha dignidad algunas burlas. Todavía estaba allí contando historias de la Historia, mientras él, todo colorado, miraba su reloj e intentaba que los minutos pasaran rápido para que alguna campana lo salvara.

Read more...

sábado, 28 de agosto de 2010

Sólo la historia de un enredo

Mientras recita su canción favorita, salta la cuerda una y otra vez por el caminito que la lleva hacia la puerta. Cada mechón del pelo lacio y largo hasta la cintura salta al compás de sus melodías y se alborotan al sentir las ráfagas de viento seco que viene del norte. Por fin sus pies la llevan a la casa y apenas entra ve la nota. “Buscá el vestido que tanto te gusta, desenredate el pelo y peinate con una trenza cocida. Vamos a lo de la tía, yo salí a buscar a la abuela, enseguida te paso a buscar. Mami”.



Repasa en cada paso sus tres deberes “vestido, desenredarse y trenza, vestido, desenredarse y trenza...” El vestido es cosa muy sencilla, sin darse cuenta, está dando volteretas con su cuerpo y hace remolinos de viento que acarician el aire con su pelo, sí, al parecer, algo enredado. Toma y mira el peine verde un poco desganada ¿por qué para ir a lo de la tía Rosa tenía que desenredarse el pelo, si así estaba perfecto? En fin, tiene que seguir el segundo cometido de la notita. Con mucho optimismo, sujeta con fuerza el peine con su mano derecha mientras la izquierda tira para el sentido contrario los cabellos, comienza a deslizar el peine hacia abajo pero al parecer no quiere avanzar, o lo que es peor, no lo dejan. Cada pelo que había volado al compás del viento terminó enmarañado, rebelde, inseparable y ahora la fuerza de sus cinco deditos no llegan a controlar un peine que tampoco puede sacar para empezar de nuevo. De un tirón quita el peine de la sucesión de nudos y endereza el cuello con entereza para retomar su tarea con más firmeza. Nunca la había hecho sin la guarda de alguno de sus padres. Piensa en eso y las manos le sudan, el peine se resbala, cómo la habían dejado sola en este suceso tan importante, pero esta vez logra llegar hasta la mitad con pequeños saltitos y menos fuerza. La mano derecha sigue sudando y agarra con decisión el peine, pero la izquierda está como despreocupada, no toma cartas en el asunto, solo el cuello ayuda forcejeando en el sentido contrario una y otra vez cuando el peine a tirones va separando cada nudo.



Los mechones de adelante ya están lacios como una seda, pero queda lo de atrás y su cuello comienza a debilitarse, como queriendo darse por vencido, como cansado de tironear y ser soltado cada vez que el peine y la mano sudada deciden tomar un descanso sin aviso. ¿Quién la mandó a secarse el pelo al viento, quién? Pero eso no es lo que más le da bronca, le comienza a molestar la idea de que no están para ayudarla. En fin, el cuello no quiere colaborar, se declaró en huelga, se cae, se vuelve cada vez más torpe. Eso sí, ahora se le arma la podrida al holgazán brazo izquierdo: para peinar los mechones de atrás debía permanecer con el codo hacia arriba y con los dedos sujetando fuerte cada mechón hasta que la mano derecha terminara con los nudos. Pero se le está yendo la mano, sujeta con tanta fuerza un gran mechón de pelo que obliga a mover la cabeza hacia atrás, que ella piense por qué tantos nudos y tanta soledad, que sus pies decidan dar la vuelta para mirarse en el espejo, y que tropiece con la alfombra. Sentada en el suelo y por segunda vez, retoma la tarea. El peine mojado de sudor se había desplomado lejos, por eso, y a pesar de su competencia constante, las dos manos terminan con desgano pero con eficacia la erradicación de nudos rebeldes.



En este momento queda lo más divertido y ya se le ve la sonrisa en la cara. Prepara con sus escasos deditos primero dos y después tres tirantes mechones de pelo justo arriba de la frente. Los derechos agarran como una pinza dos y los holgazanes izquierdos solo uno, y así comienza: el mechón izquierdo sobre el derecho, movimiento de muñeca derecha y ahora derecho sobre izquierdo. Pero justo cuando va a agregar otro manojo de pelo, porque no nos olvidemos, es una trenza cocida, se da cuenta de que sus dedos habían quedado atrapados en las redes de la trenza y jugaban a la escondida entre rendija y rendija, pero a sus brazos no le hace ninguna gracia. Justamente necesita bajarlos porque hay una cosquillita de dolor. El gran problema es que si hace eso pierde lo que ya logró. Pero los dedos parecen no hacer caso a este asunto y siguen su fiesta entre el pelo que ahora patina y por qué la dejaron tan sola en este momento. Con gran delicadeza, a la vez decisión y sacando un poco la lengua logra dejar que su brazo izquierdo se desplome como una bolsa de papas, mientras la mano derecha, que ya no sudaba pero temblaba, no de miedo, ni de frío, sino de dolor, intenta que la trenza siga en su lugar. Ya está subiendo nuevamente el brazo izquierdo y sigue con la tarea, superpone mechón sobre mechón, casi de memoria: izquierdo sobre derecho, movimiento de muñeca derecha y derecho sobre izquierdo, dedos rebeldes entrelazados, descanso de brazo izquierdo y seguimos. Se saltan algunos puntos, se distrae en algunos pasos, se cansa el brazo derecho pero llega al final del cabello. Ahora sí la sonrisa es plena, coloca las puntas dentro del lazo, da una, dos, tres vueltas y ¡de nuevo un dedo caprichoso! Quedó atascado adentro del lazo, este obviamente que tampoco tiene mucha intención de dejar a su presa. El dedo está colorado de que no pase la circulación. ¡Es lo único que le faltaba! ¡Un lazo asesino de dedos! Forcejea, sin hacer mucha fuerza, tironea, piensa la forma de desatarlo, el cuello no quiere seguir, la mano izquierda se rebeló al parecer para siempre y por qué la dejaron tan sola justo en este momento. Solo le queda darse vuelta. El espejo refleja lo que para ella es el peinado más perfecto, y qué importa que la habían dejado sola, y qué importa el dedo atascado. Es en este momento cuando su sonrisa es plena de verdad, cuando el mal humor se convierte en carcajada, cuando por fin sola decide que es divertido estar enredada.

Read more...

lunes, 23 de agosto de 2010

Lunes otra vez: 23 de agosto otra vez

Es lunes y es 23 de agosto. Hace 22 años papá estaba yendo a entregar un pedido de Azaleas a un vivero de no sé dónde pero tuvo que volver porque yo estaba por llegar, por lo menos eso cuenta la leyenda. Es lunes y, como saben, no es mi día favorito de la semana. También es 23 de agosto y no es un día que espere con ansias, a veces quiero que pase de largo.

No es porque no me guste que me saluden, me manden mensajes o me llamen por teléfono. Al contrario, es una oportunidad para chusmear con quienes no frecuento a diario, recordar viejos momentos con los charlo seguido o volver a hablar con aquellos que no veo hace más tiempo.

No es porque no me guste que me venga a visitar toda la familia y amigas (o me traigan regalos). Al contrario, me gusta participar en el murmullo de de gente que superpone sus voces queriendo hablar primero tan característico de nosotros.

No es porque haya tenido malos cumpleaños en la infancia. Al contrario, muchos estuvieron cargados de primos, amigos y búsquedas del tesoro. Además, y por lo general, está por venir la tromenta de Santa Rosa, por eso comienza a hacer calorcito y eso sí que me pone de buen humor. Aunque en algún caso excepcional Santa Rosa se adelantó, inundó las calles, cortó la luz toda la tarde y empapó a mis amigos que desde ese día me llaman "Mechi del campo". Pero no por eso dejó de convertirse en el mejor cumpleaños de la adolescencia.

Tampoco es porque me sienta un año más vieja, al contrario (ya sé, vivo protestando como una vieja ¿y qué? pero los años no me pesan ni un poquito).

Es porque tengo la maldita costumbre de hacer balances en algunos momentos clave y cumplir un año más es uno de ellos. En la larga lista virtual que hay en mi cabeza hay muchas cosas sin tachar (sí, ya sé, no me digan nada, no saqué el registro, lo había prometido para los 21). Cada 23 de agosto se abre una hoja nueva y al pasar en limpio mis "tareas", la mayoría de las cosas anotadas son las mismas que el cumpleaños anterior. Un "este año me pongo las pilas" es archivado entre los ladrillos de apuntes que compro esa semana y "chau", el siguiente aniversario el balance no da a mi favor, quedo con deudas por todos lados.

La nena de la foto estaba aprendiendo a usar el lápiz, dibujaba sus primeros garabatos y yo ayer escribí toda la tarde sobre dictaduras argentina, militantes y guerrillas. La nena de la foto hacía poco había aprendido a caminar y yo hoy fui a entregar el trabajo que puede llevarme a aprobar la materia número 18 de la carrera que elegí, la que pone nerviosa muy seguido pero a la vez me convence todos los días que quiero seguir con esto porque me gusta y me apasiona. Con eso llegaría a mitad de camino, me faltarían la misma cantidad de materias que las que hice desde el día que tomé mi primer clase en el C.B.C. hasta la última que presencié el cuatrimestre pasado. Sin dudas la lista del cumpleaños anterior, como siempre, va a tener pocas cosas tachadas, pero los hechos me hacen ver que la balanza de alguna manera está "equilibrada": la nena de la foto solo hacía garabatos y yo hoy quizás haya conseguido llegar a mitad de carrera sin olvidarme lo importante que fue trazar esas primeras líneas. Después de todo, no fue tan malo este lunes: hubo facultad, barullo en la cena, torta con forma de castillo, visitas, saludos, balanza "balanceada" y relatos que nunca dejan de tener la misma impronta que mis primeros garabatos. ¿Qué más puedo pedir para un 23 de agosto?

Read more...

miércoles, 11 de agosto de 2010

Señor, se le cayó esto

Son las 7 de la mañana en Panamericana y 197. Miro al piso y entre los pies que caminan ligero para no perder el colectivo, revolotean decenas de papeles que fueron cruelmente abandonados. Debajo del desparejo cordón hay agua que se acumuló de la lluvia de anoche, en ella flotan barquitos de botellas de yogurt, envoltorios de alfajores y se empastan coloridos papeles de caramelos masticables. El colectivo llega y la fila avanza mientras un señor termina sus galletitas y así nomás, sin siquiera hacer un bollito, tira el envoltorio que logra llegar lentamente y de manera zigzagueante a su triste destino, convirtiéndose en uno de los tantos que viajan sin sentido por toda la cuadra. envoltorio

Por fin subo al colectivo y atrás quedan el arcoiris del cordón y los papeles que se pegaban en mis piernas soplados por el viento. Apoyo mi cabeza contra el vidrio, cruzo mis brazos y logro adormecerme por un rato pero me despierta el olor a yogurt de frutilla que inunda el ambiente. La señora sentada delante mío al parecer está desayunando mientras el resto de los pasajeros solo debe deleitarse con el olor a esencia de frutilla. La señora parece tener algo de calor, pienso, porque abre una rendija la ventanilla. Pero no, la anterior era la última cucharada y por eso tiene que deshacerse cruelmente del envase. Al cerrar la ventana el viento no enreda más mi pelo y vuelve el calorcito al ambiente pero yo miro para atrás para así poder ver el trágico e imaginado final de un envase de yogurt rodando en la Panamericana.

Llegamos a Barrancas de Belgrano y ya ni me acuerdo de las esquinas decoradas con basura. Una señora muy prolija ocupa el asiento que está al lado mío. Ahora sí puedo dormirme un rato a pesar de las frenadas del colectivo. Me despierto en Plaza Italia y la sorprendo comiendo un caramelo de miel ¡Qué rico!, pienso, pero ella inmediatamente se para para así dirigirse hacia la puerta de salida. Ya llegó su parada y de recuerdo dejó el piso lleno de papelitos amarillos. Cuando se asoma Parque Centenario indefectiblemente debo pisarlos para poder salir de mi asiento y crujen como hojas de otoño, le hacen cosquillas a mis zapatillas. El primer paso sobre la vereda revierte la situación: la zuela se queda pegoteada en un inmenso chicle fresco que me incomoda hasta que llego a la esquina y aunque intente sacármelo contra el cordón no sale. Al principio disimulo la incomodidad, sigo caminando arrastrando el pie para que se se vaya, pero no quiere. Hasta que se me termina la paciencia y empiezo a maldecir porque...

Digo yo, ¿qué te cuesta envolver el chicle en un boleto para tirarlo en el próximo tacho de basura? ¿Qué te cuesta guardar los papeles de caramelo en el bolsillo y los boletos de colectivo en el monedero? ¿Qué te cuesta cuidar un poquito el espacio en el que caminamos y esperamos el colectivo todos? Ya sé, soy una pesada y lo que digo se parece a lo que nos repetía mil veces en el colegio: ¿Vos en tu casa tirás los papeles en el piso?, bueno entonces no los tires acá. Y es así porque si vos los tirás, alguien los va a tener que levantar, pero claro, como vos quizás volvés a pasar por ahí y el viento ya se llevó o alguien se encargó de limpiarlo no pasa nada ¿no?. Y en el caso de que nadie los levante, ¿Qué pasaría si todos los que pasamos por ahí tiráramos algo todos los días? No quedarían palabras poetizantes que embellezcan la situación, ya no hay forma de decirlo bien... Pasás por adelante mío, tirás el papel del alfajor que recién comiste y te digo devolviéndotelo "Disculpame, se te cayó esto". Ojalá me animara a decirlo cada vez que alguien usa de tacho de basura la vereda, ojalá todos nos animáramos a decirlo.

Read more...

sábado, 7 de agosto de 2010

¿Más vale malo conocido que bueno por conocer?

Desde chico le llamaron la atención las luces. Pero por esos años los días se habían vuelto oscuros y duros. El terror de la población hacia lo iluminado había producido una ceguera masiva. Generó que ya no se aventuraran a mirar más allá de sus sombras. Pero para él las consecuencias fueron más severas que para el resto: una profunda pobreza y tener que practicar de contrabando el arte de cambiar y prender lamparitas. No entendía cómo se podían perder todo eso. El problema era que al hacerlo a escondidas, él tampoco podía descubrir mucho: solo unas cuantas miserias, muchos trapos sucios y si tenía suerte, alguna pepita de oro. En fin, era el mundo en el que le había tocado vivir y hasta ya había hecho amigos y todo.

Una noche (es decir, cuando todos dormían, porque allí siempre era de noche) se aventuró a salir con su linterna a buscar bichitos de luz por las praderas azules. Pero de repente, y como en seco, la linterna dejó de funcionar. Algo fuera de lo común ocurría. No tenía miedo porque estaba acostumbrado a la inseguridad constante de la oscuridad y sin embargo, escuchaba el latido de su corazón tan fuerte como cuando alguien lo asecha en silencio. Un instante después, esa incertidumbre se convirtió en una luz tan clara con la que podía ver todo pero en realidad no distinguía nada. Alguien lo llamaba en un idioma que no entendía, había una especie de puerta, y dentro de ella una especie de persona. Su vista lo engañaba, sus oídos también, pero siempre le gustaron las luces y ese hallazgo era mucho más que el mejor de los diamantes. Mientras tanto, atrás todo estaba igual: seguían ciegos, sin registro de lo que pasaba. Él confiaba en su pasión y a la vez, anhelaría lo que dejaba, pero no pudo resistirse a dar un paso adelante para curiosear acerca de eso que tanto lo asombraba. Quién dice, quizás haya encontrado no solo la abolición del arte de prender lamparitas sino también algunas otras nuevas luces de colores.

Read more...

sábado, 17 de julio de 2010

Chocolatada y vinagre

¿Qué tienen que ver el vinagre y la chocolatada? La verdad, nada de nada, pero hubo una época en mi vida en la que coincidieron todas las mañanas. ¿El olor a vinagre y a chocolatada? Sí señores y señoras, juntos, bien pegados y por eso hoy son dos olores que trato de evitar cueste lo que cueste...

Desde chica (y hasta hoy, obviamente) la primera hora de la mañana no es, para mí, el mejor momento del día. Soy fanática de dormir hasta tarde y se ve que es un vicio que adquirí de chica. Por supuesto que mis escándalos diarios de la infancia se llevaban a cabo antes de salir al colegio. Pero al clásico "no me quiero levantar" o "no quiero ir al colegio" de todo chico de primaria se sumaba el "no quiero tomar la leche". Todas las mañanas cuando cruzaba la puerta del pasillo me esperaba la chocolatada caliente en la mesa del comedor, nunca se olvidaban de preparármela, nunca les daba lástima, nunca se quedaban dormidos y decían "no, hoy mejor no la tomes", nunca me regalaban una mesa vacía, nunca. Ya me sabía de memoria los clásicos argumentos como "dale, tomala, es nutritivo, te da energías para estudiar toda la mañana" hasta a veces soltaban un típico "mirá cuando tengas novio y le contemos que llorabas para no tomar la chocolatada ¡qué papelón!". Ay, que vergüenza mamá nunca lo cuentes, por favor. Qué me importaba lo que le pudieran decir al mi posible futurísimo novio, ¡yo lo único que quería era no tomar lo que tenía la taza!

El tema era que por esas épocas tenía bastantes "habitantes" en mi cabellera interminable y se había impuesto la moda entre las madres de ponernos vinagre en el pelo antes de salir (se decía que era un repelente natural de piojos). Entonces, todas las mañanas mamá me desenredaba el pelo, me lo ataba con una colita tirante y finalmente le vertía el contenido del envase a mi cabeza mientras papá, cansado de que todos los días pasara lo mismo, empezaba a elevar el tono de sus argumentos para que me tomara de una vez el contenido del otro envase (el que tenía en frente). Y así transcurría todo el desayuno: entre gotas de vinagre que caían en por todos lados, quejas y mi nariz pegada en una taza con olor a leche con chocolate caliente, hasta que el maldito reloj amenazaba con que mamá llegaba tarde a trabajar si no me la tomaba en ese instante. Y de esta manera llegaba mi habitual derrota matutina: mis paladares sintiendo ese gusto a chocolatada (ya fría) a la que se le habían caído unas gotitas de vinagre (¡puaj!) y yo tomando con dificultad el contenido del envase, enojada y derrotada como cada día.

Así salía de casa, hecha una ensalada, con una cola de caballo tirante y pelo brillante, maldiciendo a los que me obligaban, rogando el día que pudiera elegir saltear el desayuno o simplemente que llegaran las vacaciones para descansar por lo menos tres meses de eso. Por suerte, al pasar la puerta verde del colegio, mis males se me olvidaban y mi olor a berenjena hervida en vinagre se confundía con el de la mayoría de mis amigas. Al otro día obviamente se volvía a repetir la escena de cada mañana: mis papás se tenían que aguantar mi desayuno caprichoso mientras que yo me olvidaba del asunto con solo cruzar la entrada del colegio. Un día entendí que era nutritivo tomar chocolatada a la mañana y no me quejé más, otro día ellos entendieron que no me hacía bien, no me gustaba y no me obligaron más a tomarla. Mamá, durante algún tiempo más, luchó con peine fino y vinagre contra esos "habitantes" aguerridos que no se querían ir de mi cabeza hasta que un día inesperadamente se fueron y por suerte se llevaron con ellos la ensalada matutina.

Hoy por suerte esos olores no se mezclan más y cuando están cerca prefiero alejarme o contener el aire por un momento. Perdí cientos de batallas (y estresé cada mañana a la mitad de la familia) pero... ¡Nunca más chocolatada en ninguna época del año! Papá a veces recuerda el momento cuando enumera los caprichos insistentes que tenía que aguantar... pero ¡ojo! esto queda entre nosotros porque todavía no se animaron a contarle la vergonzosa situación a mi ex posible futurísimo novio.

Read more...

sábado, 10 de julio de 2010

El Gran Isumbochi





EL GRAN ISUMBOCHI
Cuento Tradicional Japonés
Versión de Margarita Mainé
Colección La Vuelta al Mundo con la Valijita
Buenos Aires: Editoria Atlántida, 2009


Edición de video y relato: Mercedes Cerrotta

Read more...

sábado, 19 de junio de 2010

¡Vamos, vamos, Argentina!

Abstraída en el estudio y en mi poco interés por el fútbol casi no tuve contacto con las repercusiones que causó el tan ansiado Mundial de Fútbol. Solo unos bocinazos y cuetes indicaron que Argentina había ganado. Pero el lunes tuve que sacarme el pijama de estudio para salir a rendir el no tan esperado parcial. Y como siempre, el viaje en colectivo me puso al tanto de las cuestiones vigentes a las que no le había prestado atención por días enteros, es decir, tuve que bajar de repente del mundo de la Semiótica para introducirme en el tema con más vigencia e importancia en este momento: EL Mundial.

Siempre dejo algún tema que no llego a repasar la noche anterior para releerlo en el colectivo antes de rendir. Pero esta vez se me complicó porque unas simpáticas voces comenzaron a darme todos los detalles acerca del primer partido victorioso de Argentina... (y cuando digo todos, son TODOS aquellos detalles que a nosotras nos interesan)

- ... es que al final se vinieron todos para casa el sábado. Eran un montón, seguía sonando el timbre y yo decía 'quién es ahora'. Estábamos todos pero, no sé, había gente que no le había dicho que venga.

La conversación empezó con un tono normal, femenino. ¿Cómo iba a ir más gente de la programada? Pero al parecer jugaba la selección... y no importaba nada:

- Yo estaba re emocionada, me calcé el gorro, agarré la corneta y se la sonaba en el oído a todos. - siguió la que comenzó la conversación, ya con un tono un poco más exaltado.

- Jajaja - rió sinceramente su compañera pero con un tono menos elevado que la anterior.

- La Lore me decía "Pará, tanta emoción, tampoco tanto" pero qué se yo, cada uno lo vive y siente como quiere ¿no? Yo gritaba y alentaba.

- Y claro, está bien. - contestó ya con menos sinceridad que la risa anterior.

- Ahora, Argentina podría haber ganado por diferencia de más goles. Pero ¿Viste qué raro que todos los partidos hayan salido por diferencia de pocos goles? No se están haciendo muchos goles, para mí es porque los mira todo el mundo y quieren disimular para dejar todo lo bueno que son para más adelante.

- Noo, ¿no escuchaste que dijeron que es la pelota?
Parece que los jugadores no están acostumbrados a usar esa pelota que es más pesada ¿O es porque es más liviana? ... bueno la cuestión es que por eeeso hay menos goles ¿'tendes? - la contradijo su compañera de viaje.

Y así empezamos con el bloque de comentarios técnicos, tácticos y periodísticos acerca del mundial. Por eso cerré los ojos para trasladarlas a un estudio televisivo bien completito al estilo canal de deportes: con micrófonos, escritorio y luces (cosa que a esta altura no se me hacía muy difícil, todo era mejor que seguir martillándome con los Sres. Verón (Eliseo), Metz, Eco y etcéteras). Las cámaras se encienden, las maquilladoras se retiran, los papeles están sobre el escritorio y en el piso se escucha un ¡Aire! :

-Es que los criticaron tanto a Maradona y a Messi, estuvieron semanas y semanas diciendo que Messi esto que Maradona lo otro, fue un equipo en general taaan criticado que ahora quieren salir campeones a toda costa... y para mí está bien - comenzó diciendo la periodista principal. Pero ya adentrándonos en el tema principal, que era el partido contra Nigeria, continuó informándonos de esta manera:

- Porque, la verdad, es que jugamos mucho mejor que los nigerianos pero el arquero de ellos es era muy bueno. ¡Se quería matar, pobre, cuando le metieron el gol! - anunció nuestra perdiodista estrella mientras su comentarista retrucó:

- Sí, es verdad, yo lo vi ¡pooobre!- con un tono maternal y dejando de lado por un momento que se trataba nada más ni nada menos que del arquero del equipo rival.

- Pero el tema es que la Argentina tiene muuuy buenos jugadores - volvió a comentar incisivamente - Yo lo quiero a Verón, a Messi, Demichelis, Palermo... ¡Todos! - continuó diciendo, ahora con aire de botinera.

- Ay sí, Demichelis!!! Y la esposa se llama igual que yo ¿viste? Es la que está bailando en lo de Tinelli...

Justo en ese momento, durante la sección "programa de chimentos de la tarde", llegamos a Barrancas de Belgrano y así se fue yendo la señal de esta cobertura exclusiva que me brindó un viaje en el colectivo de lunes. Ayer ya se vivió el segundo partido de Argentina, ¡hubo más goles, chicas! ¿Quién dice? Quizás se está cumpliendo la teoría de nuestra panelista estrella y recién ahora se comiencen a ver a los equipos en todo su esplendor ... o quizás ya le tomaron cariño al nuevo modelo de pelota y no se les hace tan difícil. Pase lo que pase yo, hasta ahora, viví la mejor cobertura de EL Mundial. ¡Qué móvil ni movil desde Sudáfrica, yo estoy con el periodismo deportivo (femenino) de colectivo!

Read more...

miércoles, 9 de junio de 2010

Sonrisas en el aire

Todos las primaveras lo mismo: para ella una fiesta secreta y para aquellos dos una gran frustración. Meses antes, el espectáculo era para cualquiera que pasara por al lado de la mesa antigua del rincón: pequeños pimpollos asomándose entre el verde espeso para luego convertirse en señoras flores con pétalos cuidadosamente planchados y encerados. El aroma intenso pero a la vez sutil inundaba la casa de sonrisas y todas las mañanas, cuando el reloj marcaba las diez, un rayo de luz se atrevía a acariciar cada uno de sus pétalos reflejando en la pared una fiesta de colores. Pero en esa época del año ya nadie le prestaba atención. Los pocos rastros de diva desgastada generaban en los espectadores desprecio y los aplausos de pie eran trasladados al maravilloso paisaje del jardín. El sol ya no se sentía a gusto de bañarla y la vida se volvía de un insoportable color marrón chamuscado. Pero, a pesar de la tristeza infinita que sentía, no le interesaba dejar de causar sensación: ella tenía el privilegio de ser la hija única y malcriada durante los meses grises. Ahora ni todos los ojos juntos de la familia multiplicados por dos podían llevar la cuenta de cada brote, cada pimpollo nuevo de cada ser viviente del jardín. Eso era lo que más disfrutaba, ya volverían los días de gloria, porque siempre regresaban.

Ya nadie admiraba su belleza bien escondida excepto la niña de la casa. A ella no le interesaba que los pétalos moribundos entristecieran aún más aquel rincón luminoso pero olvidado por esos tiempos. En realidad, eso era lo que más le divertía: ningún integrante de la familia pasaba por allí a propósito para reverenciar su belleza, solo ella jugaba a su alrededor sin que alguien le dijera que se corriera del camino. La fiesta era algunas veces silenciosa, otras veces con música de fondo, muchísimas acompañadas de bailes, dibujos y por supuesto de su muñeca. Sin dudas era su espacio favorito de la casa, podía pasarse horas contándole cuentos, llorando desconsolada por algún reto, dibujando monigotes, cielos, flores, paisajes y garabatos de conversaciones telefónicas.

Por supuesto que el tiempo pasó para las dos pero eso no impedía que ella le regalara miles de sonrisas cada vez que se acercaba: primero mostrando sus pequeños dientes, alguna vez con ventanitas, otra vez con dientes chuecos, varias veces con aparatos, hasta por fin llegar a la más reluciente y plena de todas. Y la primavera siempre volvía para ellas.

~

Es primavera sí. Afuera las ranas croan y las flores silvestres invaden cada rincón del jardín. Adentro la casa sigue teniendo la misma luminosidad ¿Pero por qué acá no se nota que es de día? La maceta está vacía, ni siquiera hojas marchitas quedan. Al mirar hacia atrás descubro que el sol entra por esa pequeña ventana. Solía estar cubierta con cortinas color pastel. Ahora es solo un marco con vidrios rotos.

~

La niña no era la única que no le quitaba los ojos de encima. Ellos hacían una observación silenciosa, obsesiva, pero sobre todo desde lejos: hasta allí solo llegaba un hilo de aroma, solo una pequeña parte de ese espectáculo de colores. Desde allí se podía ver nada más y nada menos que una silueta sonriente y saltarina que la acompañaba a sol y a sombra, que cubría su objetivo con un espeso pero invisible manto de buenas intenciones.

Pensaban que no se merecían eso, que el esfuerzo tenía que retribuirles algo algún día pero no era justo que cada primavera pasara lo mismo: para ella una fiesta secreta y para ellos dos una gran frustración. Claro que para ellos también habían pasado los años, su malhumor creciente y sus canas evidenciaban cada rastro del transcurso del tiempo. Ya se habían acostumbrado a la vida en el angosto pasillo, a las noches de tormenta. Ya no le tenían miedo a que los descubriesen, habían aprendido a e escabullirse muy bien de los perros, de los dueños de casa, de los vecinos. Sabían proveerse bien de alimento, refugio, abrigo. A pesar de su frustración, conocían su mérito y era no haber sido descubiertos por tantos años. Un día se dieron cuenta de que nunca conocerían de su existencia. Pero ¿qué les importaba eso? ¡Si nunca habían podido llegar hasta ellas! Siempre mirando desde afuera, desde la única parte inmunda de la casa. Porque nadie se hubiera imaginado que detrás de esas caras de felicidad se guardaran tantos cachivaches inservibles, tanto recuerdo inútil. Pero ellos dos habían elegido esa manera silenciosa y poco eficaz de llegar hasta allí y debían sufrir las consecuencias de su decisión.

~

Se cuelan entre los vidrios rotos enredaderas en busca de humedad. Nunca me gustó esa ventana. Es decir, no la ventana en sí porque es común y corriente, quizás un poco más pequeña y elevada que las demás. Siempre me inspiró desconfianza. No podía ver qué había detrás de ella y después, cuando ya tenía la altura para hacerlo, me tomé por costumbre no mirar por miedo a lo que podría encontrar. ¡Qué ingenua fui! Si sólo hubiera sido más curiosa, si sólo le hubiera prestado más atención a cada rincón. Pero claro, ella siempre me demandó todo mi tiempo y su espacio.

~

Detrás de su maléfico plan se escondía una antigua vida dedicada a la ciencia. Uno de ellos, grande como un ropero, con la barba crecida y pelos blancos algo despeinados había descubierto un día que una antigua especie vegetal podría curar aquella enfermedad que en algún momento aquejaría el futuro de todas las personas. El otro, algo más joven, pálido y escuálido se había convertido en su discípulo hacía ya unos cuantos años. No corría maldad por sus venas, pero sus acciones muchas veces demostraban lo contrario.

Fue una linda tarde de primavera el día en que la comunidad científica entera les había dado vuelta la cara para siempre. Ese día comprendieron que les esperaba el loquero o el exilio. Optaron por lo segundo porque les permitiría seguir su guerra por lo menos de manera silenciosa.

Perdieron todo buscándola: sus familias, su prestigio, sus laboratorios, sus trabajos. ¡Qué iban a hacer! Alguna vez también trataron de ridículos a los que hoy tienen en un pedestal. Ellos estaban cerca, tenían enfrente el último ejemplar de la especie y a pesar de que les estaba costando caro, algún día lo lograrían, solo los apuraba una vida totalmente olvidada por los demás.

~

Este silencio mucho más que mudo me desorienta, sin embargo, reconozco cada rincón que me vio crecer y de ellos salen, como tímidamente, recuerdos que, uno tras otro, vuelven de un salto a mi mente. Todos hacen ruido, se pelean por ser los primeros, pero, sin embargo, hay uno que sobresale del resto. Nunca pude evitar sacarme los zapatos sobre el piso de madera del cuarto, ahora tampoco puedo evitar correr hacia esa esquina y levanto con esfuerzo la madera hasta que allí la descubro, bien escondida.

~

Al principio de ese año entendieron que si querían raptarla tendrían que llevarse a las dos, sino nunca lo lograrían. Les dolía tomar esa decisión porque no corría maldad por sus venas. Pero si no se atrevían a hacerlo pasaría igual que todas las primaveras y el discípulo decidió acceder porque vio en los ojos de su maestro el desaliento de un niño que una vez más no consigue que le regalen su bicicleta para navidad, se dio cuenta de que esta vez no lo soportaría.

Eran años enteros de planearlo, pero claro, la primavera lo arruinaba todo. La fiesta solitaria comenzaba con su llegada, su objetivo y la niña no se despegaban. A pesar de que el rincón entristecía toda la casa, de que el marrón de las hojas afeaba su aspecto y del olor ya nauseabundo ella no dejaba de sonreírle, de bailar con los brazos hacia arriba con su muñeca. No paraba de reírse a carcajadas en el suelo y volverse a parar para seguir moviendo su vestido y su juguete al compás de alguna música. Sin dudas no corría maldad por sus venas porque, a pesar de no entender esa actitud extraña, este espectáculo los hacía desistir de su tarea año tras año. Pero esta vez sería distinto, se las llevarían a las dos, para que sufran menos.

Tal como lo planearon, fue distinto, la niña convertida en esa persona que alguna vez le había confesado que quería ser ya no reía por esos rincones. Al parecer, sus reverencias estaban ahora dedicadas a descubrir cosas que le asegurarían una risa eterna. Fue ese el momento en que se dio cuenta de que esta vez los pimpollos no tendrían fuerza para asomarse por entre el verde espeso. La felicidad eterna de su ángel guardián le costaría su definitiva tristeza. En algo se había equivocado: los días de gloria ya no regresarían más.

Ellos no podían dejar de mirar sorprendidos y desorientados desde la ventana. Quizás todo sería mucho más sencillo de lo que esperaban, ahora solo tenían que raptar a una de las dos porque la otra había decidido fugarse por cuenta propia. Pero nada fue diferente a los demás años y quizás esta vez, sin siquiera imaginarlo, con la primavera llegaría su derrota definitiva.

~

¡Qué linda es! Sus trenzas de lana siguen intactas y tiene puesto su vestido favorito. No recordaba que pesara tanto, al abrazarla siento pinchazos y vuelven los recuerdos a atormentarme como un remolino. ¡Qué alboroto insoportable y desconcertante se armó ese día! Los veo como si estuvieran acá, ahora: esas dos caras pálidas, desgastas por años duros y con rencor que le corría por las venas. Cierro los ojos y los puedo observar con más claridad, escucho sus gritos diciéndome que no me preocupara, que solo se la llevarían a ella por el bien de la humanidad.

Los corro, me corren, pero ¿quién es ella? ¿A quién se querían llevar? Ahora el recuerdo se hace más confuso, molesta, es triste. Me doy vuelta y finalmente la descubro, entiendo que ya el sol no pedirá nunca más permiso para acariciar sus pétalos, ya ni se parecen a los restos de una diva desgastada. Y después de todo eso, viene más confusión: los hombres que se llevan lo que queda de su cadáver, más gritos, se escapan, no quiero saber de ellos y finalmente nuestro exilio. ¡Cómo pude descuidarla así!

La niña que fui o yo tira o tiro con bronca a la muñeca. De ella salen como explosivos saltarines cientos de miles de semillas y todas ellas juntas forman el recuerdo de aquellas fiestas solitarias: es primavera, vuelvo a bailar mientras las recolecto del suelo y siembro carcajadas eternas en todos los rincones. Al final ella tenía razón: los días de gloria vuelven, siempre regresan.

Read more...

miércoles, 2 de junio de 2010

Día internacional de la lucha contra la contaminación sonora (en el colectivo)

El advenimiento de las últimas tecnologías conllevó a que los sentidos percibieran de una manera novedosa fenómenos de nuestra cultura. Objetos que hace algunos años no pensábamos que íbamos a poder adquirir si no era con mucho trabajo (o que solo los podíamos pensar como verosímiles en una película de ciencia ficción), hoy se encuentran en nuestras manos sin problema. Allá atrás quedó el furor de escuchar ringtones originales y pegadizos en los medios de transporte, espacios públicos y de contrabando (o por pura travesura) en alguna clase. Hoy el protagonista es otro, hoy (casi) todo transeúnte tiene la música al alcance de su oído. Esto, por supuesto, generó nuevas clases de oyentes: los que escuchan en el mp3 (mp4, ipod, celular y sus variantes no imaginables), los que escuchan a través de la compu y/o internet, los que escuchan mientras caminan, mientras hacen deporte, mientras viajan en colectivo, los que escuchan con un solo auricular mientras hacen que le prestan atención a sus novias con la otra oreja...

Pero en este trabajo nos centraremos en un objeto de estudio particular: Los que escuchan música en el colectivo. Como antes se mencionaba, hoy son muchas las formas mediante las que se puede acceder a un poco de música o radio: el mp3, mp4 y celular* son las formas más conocidas y populares. Sin embargo, lo que nos interesa abordar en esta breve reseña son los subtipos de esta especie. Son reconocidos tres subtipos de oidores de música en el colectivo:
- Los asintomáticos: son los más difíciles de diagnosticar ya que su único síntoma visible es que tienen un par de auriculares colgados de las orejas.
- Los reidores: su principal síntoma es que presentan leves (a veces no tanto) y repetidas carcajadas durante el trayecto con la característica de que viajan sin acompañantes y parece que se están riendo solos como locos.
- Los escandalosos: son aquellos que hacen que todos los pasajeros de este transporte se enteren de lo que están escuchando. Estos, a su vez, presentan dos subclases: los que escuchan "al mango" con sus auriculares (que seguramente ponen cada vez más alto el sonido porque porque dejaron en el auricular su capacidad auditiva); y los que tienen el "tupé" de no comprarse auriculares y escuchan con la última liñita del volumen de los parlantes del celular. Es en esta última clarificación de oyentes de colectivo en la que nos vamos a centrar...

Quedaré como una vieja malhumora y mala onda que no entiende nada sobre el "advenimiento de las nuevas tecnologías" y las novedosas formas de percibir la cultura pero... ¿Qué necesidad hay de molestar con tu chiqui-chin-chiqui-chin todo el santo viaje? Encima de que te sentás al lado cuando quiero dormir, leer, escuchar mi propia música, hablar con Julie sin gritar o mirar por la ventana libre de contaminación sonora; no te bajás sino un par de paradas antes que yo (y mirá que el viaje es largo eh!). No quiero escuchar tu música sea del género que sea, quiero tener opción a elegir y que vos no me impongas el estado de ánimo al que llego cuando no te molestás con esos sonidos latosos que salen de unos parlantes o auriculares que dicen ¡basta, me estás desconando! Yo voto para que todos tomemos conciencia que es importante viajar en un colectivo libre de contaminación musical ¿y vos?



*celular: objeto utilizado para escuchar música, pasarse ringtos por blue-tuth, mirar videítos graciosos, sacarse fotos solo y filmar al perro queriéndose agarrar la cola, para twittear que llueve y te olvidaste el paraguas, para cargarle crédito de vez en cuando y en su defecto mandar mensajes de texto y llamar a la vieja para decirle "Ma, ya estoy acá" cinco horas después de llegar al lugar que tenías como destino.

Read more...

  © Free Blogger Templates Blogger Theme by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP